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lunes, 13 de abril de 2015

A todos los locos de los macarrones del mundo.

Si hay un hobby al que me gusta dedicarle todo el tiempo que puedo, ése es el rol narrativo. Haciendo cuentas, creo que empecé cuando aún estaba en Secundaria, y he seguido todos estos años ininterrumpidamente. Como aficionada a la lectura y a la escritura, además de un entretenimiento y una distracción, rolear me ayuda a practicar para cuando escribo y mantenerme siempre activa, tanto cuando se trata de historias y personajes canon como originales.

Rolear con amigos y/o conocidos está genial, pues es bastante más fácil ponerse de acuerdo para crear tramas interesantes y consensuadas. Por ejemplo, mi amiga Noe y yo tenemos nuestro propio Starfighter AU en el que, después de la guerra, Deimos abandona las Colonias y se va a vivir con Ethos. Y tienen un Corgi cockblock llamado Albóndiga al que Deimos odia.

Ésta es la magia del consenso.

(ノ´ヮ´)ノ*:・゚✧

Pero a mí, personalmente, me atrae también la idea de participar en foros de rol narrativo. El hecho de interactuar con personas desconocidas, de las cuales la única información que tienes es el diseño de su personaje, supone un reto para mí, como roleadora y escritora. Al no saber qué puede responder la otra persona al otro lado del ordenador, el esfuerzo por ser original, creativa, y sobre todo, coherente, es mayor. Con lo cual, bajo mi punto de vista, participar en este tipo de plataformas puede ser un poco más trabajoso que rolear con amigos, pero también tiene su extra de motivación. Además, los foros tienen la ventaja de que te permiten conocer a gente maja, en el caso de querer una interacción entre usuarios más allá que la de sus personajes.

El problema viene cuando te encuentras con un loco de los macarrones.

Les voy a contar mi triste historia. Hace cosa de dos años, por recomendación de varias personas, decidí crear un personaje para formar parte del Tuenti rol de Hetalia.

Tuenti. Rol. O sea, es que sólo a mí se me ocurre.

El caso es que hice el perfil de mi personaje (para los curiosos, era Alemania), y poco a poco empecé a agregar otros perfiles y a crear tramas interesantes. Hasta ahí todo OK. 

Un día, me agregó una cuenta de un personaje femenino. No soy muy amiga de la mayoría de los personajes femeninos de Hetalia porqUE SON TODOS UNOS MALDITOS GAYS AAAAAAAAHHHHpero bueno, todo era intentarlo. Además, era injusto rechazar a una persona por el personaje al que interpreta. Todos merecen un voto de confianza. 

La propietaria de este personaje y yo roleamos varias veces. No coincidía especialmente con sus gustos en cuanto a tramas o argumentos, pero tampoco tenía por qué ponerme tiquismiquis. El caso es que, de repente, una tranquila tarde de marzo, otro usuario con el que yo roleaba con asiduidad porque era súper original y se expresaba divinamente, me contó que esta usuaria le había mandado un mensaje diciéndole que me dejara en paz y que no volviera a hablarme nunca, porque mi personaje era de su personaje, y ni el personaje de este chico ni ningún otro podía rolear ni sexo ni fluff conmigo.

Lo más gracioso es que yo jamás le di ningún tipo de exclusividad a esta persona.

Mi reacción inmediata fue: 


Evidentemente, hablé con esta chica y le pedí, por favor, que no volviera a amenazar a aquel otro usuario de esa manera, porque yo tengo la libertad de elegir con quién desarrollo un hobby. Porque se trata de eso: de una afición. Y no estaba dispuesta a aguantar ningún tipo de mal rollo cuando el único motivo por el que yo roleaba - y roleo - es divertirme.

La muchacha lo entendió, me pidió disculpas a mí y al chico con el que había tenido aquella estupidez de bronca, y pasó una temporada más o menos relajada.

Entonces, un día, esta usuaria me pidió mi número de WhatsApp, afirmando que yo le caía bien y que le gustaría conocerme un poco más más allá del rol.

Yo, de retrasada, se lo di, pensando que no pasaría nada.

Craso error.

Al principio todo fue bien: hablábamos de vez en cuando, tanto de cosas personales - por mi parte, hasta cierto límite - como de cosas relacionadas con el Tuenti rol y sus usuarios. Con el paso del tiempo, esta chica empezó a coger confianza, y me mandaba mensajes cada cinco o diez minutos.

No estoy exagerando. Cada cinco o diez minutos. Durante todo el día. Y se estarán preguntando, ¿qué demonios va a contarte una persona que sea imprescindible mandar un mensaje cada cinco minutos? Pues cosas como ésta:

- [13.40] ¡Hola! :)

- [13.40] ¿Qué tal estás? :)

- [13.40] Yo estoy a punto de comer, mi madre está haciendo la comida.

- [13.44] Ah, ya está lista. Voy a comer. Hablamos luego :)

- [13.53] Mira lo que estoy comiendo~

- [13.53]


- [13.55] ¡Me encantan los macarrones!

- [14.12] ¡Ya está, ya he terminado de comer!

- [14.12] ¿Qué estás haciendo?

- [14.13] ¿Roleamos ahora?

- [14.15] ¿Por qué no me contestas?

- [14.16] ¿Hola?

- [14.17] ¿Por qué no me respondes?

Lo de la foto de los macarrones es tan cierto como que el sol sale cada mañana.

Al final acabé mandando a esta chica a la mierda. Hubo otra cosas que me motivaron a decirle que me dejara en paz y que no volviera a hablarme, pero principalmente fue que me sentí, literalmente, acosada. ¿Desde cuándo una persona merece que otra la atosigue a mensajes de este tipo? La gente no entiende que, al menos en mi caso, no puedo, ni quiero, estar pendiente de mi teléfono todo el tiempo. Yo tengo otra clase de prioridades, como eran los estudios en aquel momento, mi pareja, mis amigos o mi familia. Y no voy a desatenderles a ellos por responder los mensajes absurdos de una persona que he conocido por Internet y con la que no tengo ni deseo tener ningún vínculo más allá de un foro de rol. Y, la verdad, encontrar al salir de clase a las nueve de la noche más de 40 mensajes sin leer de la misma persona, contándote cosas de su vida que, ni has pedido, ni te interesa, pues cansa. 

Desde entonces, soy extremadamente selectiva con las personas que conozco en foros de rol narrativo y similares a las que facilito mis medios de contacto más personales. Tiene que haber una gran razón de peso para que acceda a suministrarlos. Gracias a eso, he tenido la suerte de conocer a algunas personas encantadoras - y, sobre todo, respetuosas - con las que he acabado formando una amistad.

Por eso, y para concluir, quiero mandar un mensaje a todos los locos y locas de los macarrones del mundo:

No hagan eso. No acosen a la gente. Entiendan que no todas las personas son iguales, y que, si bien hay gente que no tiene nada que hacer con su vida y se la pega enganchado al WhatApp, a los foros de rol o a lo que sea, hay otros para los que eso supone algo secundario. Y si alguien les dice: "Estoy ocupado", "Ahora no puedo atenderte", o simplemente "Mira, no me apetece hablar contigo ahora", no insistan en reclamar su atención. Es exasperante.

Por un mundo sin locos de los macarrones.

viernes, 6 de febrero de 2015

Atelofobia



Hace cosa de una semana, un compañero de trabajo de mi padre (que casi es como un tío mío, porque me ha visto crecer. Es decir, cumplir años. Crecer literalmente, no mucho) me pidió que me reuniera con él, que había algo de lo que quería hablar conmigo. Quería pedirme un favor de carácter académico-investigador, por el cual me pagaría una determinada cantidad. Evidentemente, no me negué: recibir un dinero por hacer algo que he hecho miles de veces mientras estudiaba en la universidad; y que además, se me da bien, es un negocio. 

El problema vino después, cuando me propuso presentar los papeles para solicitar una beca para el hacer el doctorado. Éste es un tema que me viene chirriando desde hace tiempo, pues no había pasado ni un mes desde que presenté el Trabajo de Fin de Máster cuando mi padre me dijo: "¿Qué? Ahora a por el doctorado, ¿no?". En ese momento ni siquiera me planteé el si quería meterme a hacer la tesis doctoral, porque estaba del TFM hasta el culo, y le dije tenía que pensármelo. No descartaba la posibilidad, pero tampoco era algo que me entusiasmara realmente.

Le di vueltas durante los meses de verano, y al final decidí que no iba a hacer el doctorado este año. Me he pasado los últimos cinco años de mi vida estudiando, y simplemente, ahora lo que me apetece es trabajar (si algún empresario con corazón me llama algún día, claro). Eso no significa que no haga el doctorado más adelante, sino que, ahora mismo, no tengo ganas ningunas de meterme en eso. Mi decisión no le hizo especial gracia a mi padre, pero bueno. No sería la primera vez.

Pues bien, el compañero de mi padre me propuso el tema de la tesis, que, visto desde fuera, parece muy innovador e interesante, pero que yo no termino de verlo. Era un rollo así de utilizar la inteligencia artificial para predecir comportamientos en el turista. No estoy segura, no entendí muy bien el rollo, y era sólo una idea sobre el qué quería estudiar. Nada concreto. El caso es que le dije al buen hombre que tenía que pensármelo, y que le daría una respuesta.

Se me ocurrió la genial idea de preguntarle a mi padre. Claro, ¿qué iba a decirme él? Que presentara los papeles, por supuesto. Que, si al final me la concedían, tendría un "sueldo" de 1.200€ todos los meses durante un máximo de cuatro años, con el que podría vivir perfectamente si no encontraba un trabajo. 

Tal cual me lo planteó, pues al final acabé aceptando la propuesta. Tenía que aceptarla, ¿no? Era lo que cualquiera habría hecho en mi lugar. Era lo que debía hacer.

Pero, claro. Al buen hombre se le olvidó comentar que el plazo acababa el 6 de febrero (mañana. Bueno, hoy, que ya pasan de las 12) a las dos de la tarde. Eso me lo dijo el lunes al mediodía. Y la cantidad de papeles que había que entregar era agobiante.

Cumplimenté, preparé y entregué todo aquello de lo que yo podía hacerme cargo. Es decir, todo aquello que no hablara sobre el proyecto de tesis en sí, del cual yo no tenía ni puñetera idea. Me he pasado toda la semana yendo y viniendo de sitios, entregando papeles, rellenando formularios, peleándome con el Acrobat... Un auténtico caos. A cambio, recibí un empeoramiento de mi lumbalgia que era ya lo último que podía desear.

Se suponía que esta mañana todos los documentos iban a estar listos para ser enviados. Yo había hecho mi parte, el tipo debía tener hecha la suya. Qué equivocada estaba. Lo primero que me dijo según entré en su despacho era que la memoria del proyecto de tesis (una de las cosas que había que entregar) era un pedazo de tocho de chorrocientas páginas del cual él se iba a encargar, pero que no había terminado. Me enseñó un fichero de Word con un mogollón de fórmulas matemáticas que me dieron mareos nada más de verlas. Y entonces me dijo: "Hay una parte de la memoria que tienes que escribir tú".

Me quedé blanca. Si ni siquiera sabía de qué narices iba la tesis, ¿qué se suponía que debía escribir? ¿Y para cuándo?

"Entre cinco y ocho páginas. Para hoy. Mañana por la mañana tengo dos reuniones a las que no puedo faltar, y todo tiene que estar enviado esta tarde".

Me vine abajo. He redactado textos así muchas veces, y he sacado verdaderas obras de arte cuando me pongo. Pero nunca bajo esas condiciones: sin saber exactamente qué demonios tenía que escribir, y disponiendo de un par de horas. No podía hacerlo. Estaba segura de que no iba a poder tenerlo para la tarde. Y que, si sacaba algo, sería un churro de cojones.

El compañero de mi padre debió de ver mi expresión de angustia, y me dijo que, si no quería hacerlo, que no lo hiciera. Que no presentara los papeles, y que lo dejara. Que no era plan el hacer algo que no me gustara o que no me apeteciera hacer. 

"Te voy a ser sincera", le dije. "No tengo maldita gana de hacer eso, y mucho menos con todas las cosas que tengo que hacer hoy. Estoy segura de que no voy a poder hacerlo bien. Pero no me siento a gusto echando todo esto para atrás ahora después de haberte hecho perder el tiempo preparando tu parte de los documentos".

"El tiempo que he perdido no sólo yo, sino tú también, ya no se puede recuperar. La cuestión es qué quieres hacer tú. La decisión la debes tomar tú. Porque yo no gano ni pierdo nada con esto. La única perjudicada eres tú".

Me bloqueé tanto que casi me echo a llorar delante del tipo. Me dijo que me fuera a casa, que pensara en lo que quería hacer y que le diera una respuesta lo antes posible, para él saber si seguía trabajando en la memoria o no.

Mi novio estaba trabajando cuando salí de su despacho, así que llamé a mis padres, que están de viaje. No sé para qué hice semejante tontería.

"Estas cosas son así. Si tienes que perder una tarde haciendo eso, la pierdes, por mucho que no te guste. Escribes lo que te salga, y lo presentas como puedas".

"Vete a casa, descansa, relájate, y come tranquila. Después de comer, te sientas y lo intentas. ¿Que no te sale nada? Mala suerte. Te quedas igual que estabas hace cuatro días. No puede pretender que le escribas una obra de arte de un día para otro. ¿Que te inspiras? Escribes lo que puedas. Como si es una sola página. Y que sea la otra parte la que decida no darte la beca porque no le convence lo que has presentado".

A pesar de que mi madre fue ligeramente más comprensiva que mi padre, no pude evitar echarme a llorar cuando me metí en el coche. Porque estaba muy perdida y no sabía qué hacer.

Volví a casa e hice lo que me dijo mi madre, excepto por lo de relajarme. Después de comer, me senté delante del ordenador con la intención de escribir algo. Aunque fuera una sola página. Dos, con suerte.

45 minutos después, el documento de Word estaba totalmente en blanco; y yo, con un ataque de nervios tal que me dio alguna arcada. 

Pero no porque estuviera bloqueada ni porque no lograra sacar el trabajo.

Porque me di cuenta de que no quería hacer la estúpida tesis doctoral desde el principio, y que dije que sí por compromiso. Porque es lo que debía hacer. Porque estaba intentando hacer una cosa que no me hacía nada de ilusión por agradar a todos los que esperaban que hiciera eso. Lo estaba haciendo por ellos, no por mí.

Fue doloroso darme cuenta de eso. Me doy un poco de pena, en realidad. Porque he sido así toda mi vida. Y, cuando creía que había cambiado y que había logrado anteponer mi bienestar y mis prioridades a las del resto del mundo, me di cuenta de que no era así. De que me siento culpable cuando hago lo que yo quiero, y no lo que quieren los demás.

Al final llamé al buen hombre y le dije que no iba a poder hacer lo que me pidió, y que no iba a presentar la documentación. Me dijo que ya se lo imaginaba, y que no pasaba nada. Que lo importante era que yo estuviera a gusto. Y que, sólo si yo quería, que me avisaría para el otro trabajo.

También llamé a mi madre, y me contestó, con voz seca: "Es la decisión que tú has querido tomar. Me puede parecer mejor o peor, pero es lo que tú has decidido. Aunque, yo en tu caso, con todas las molestias que te has tomado, habría seguido hasta el final, aunque fuera con una mierda de memoria". Mi padre no quiso ponerse al teléfono.

Son las 0:35, y aún sigo sintiéndome culpable por haber hecho lo que me ha dado la gana. Aunque fuera lo más sensato.

miércoles, 28 de enero de 2015

Gente que mola



Lo que les voy a contar ha pasado hace escasamente una hora.

Ahora mismo no me encuentro en una época precisamente buena de mi vida, y anímicamente no estoy para tirar cohetes. Llevo varias semanas exageradamente irritable y con los nervios que saltan a la mínima. Si encima, a eso, le añaden que, desde hace dos días, estoy de nuevo con el lumbago, se pueden imaginar el humor de perros con el que me levanté esta mañana.

Volvía a casa conduciendo después de atender un asunto urgente. De lo contrario, me habría quedado en casa con calorcito en la espalda Tengo la costumbre de, cuando voy sola en el coche, poner la música muy alta. Paré el coche en un paso de peatones por el que un chico extrajero de veintilargos años iba a cruzar. Él me sonrió y me dio las gracias con un gesto de la mano. Yo hice lo mismo desde el coche, pero dio la casualidad de que, justo en ese momento, me estaba viniendo arriba con la canción que estaba sonando (si tienen curiosidad por saber cuál es, hagan clic aquí). Evidentemente, no iba a dejar de cantar porque ese hombre me estuviera mirando. Yo tengo sentido del ridículo como todo el mundo, pero es que, o sea... es un temazo.

Lo más curioso de todo es que el tipo, muy sonriente, no me quitaba el ojo de encima, y empezó a caminar más despacio. Me hizo señas para que bajara la ventanilla. Inocente de mí, pensé que me iba a pedir indicaciones, como suelen hacer los guiris. Pero el tío no se acercó al coche. Se paró en medio del jodido paso de peatones a escuchar la canción que estaba sonando en mi coche.

Se la sabía. No sólo me levantó el pulgar en señal de aprobación, sino que cruzó lo que le quedaba de carretera canturreando y moviendo la cabeza.

Ese hombre hizo que llegara a mi casa con una sonrisa.

Gracias. Ojalá hubiera en el mundo más gente como tú, simpático desconocido.

lunes, 12 de enero de 2015

La actualización más esperada del último año.

¿Y por qué es la actualización más esperada del último año? ¡Porque es una actualización! ¡Ni más ni menos! ¡Parecía que este blog había caído en el más profundo y humillante de los olvidos, pero no es así! ¡El blog de RiRi está vivo!

Joseph Gordon-Levitt está encantado con la noticia.

Calm your tits, fellas. Pero lo primero de todo, aunque a la inmensa mayoría no le interese, es relatar el por qué he estado tan ausente durante todo este tiempo. Sé que son cuatro los pelagatos que pierden su tiempo en leerme, pero los cuatro - maravillosos  - pelagatos que me leen se merecen una explicación.

Quien tenga un poquito de trato conmigo probablemente ya lo sabrá, pero el curso pasado me matriculé en un curso de Máster. El horario era nefasto (de 16.00 a 21.00 de lunes a viernes. Los viernes también. LOS VIERNES. ¿ESTAMOS LOCOS?), y nos marcaban una cantidad de tarea que no era normal. Pero tengo que reconocerlo: me lo pasé en grande. Conocí a gente maravillosa - éramos un total de 16 alumnos, y sólo cuatro éramos españoles - con la que pasé unos meses estupendos y de la que aprendí un montón de cosas. Desde aquí les deseo todo lo mejor a todos y cada uno de ellos, dondequiera que estén ahora.

Claro, se estarán preguntando: "¿Y dónde está el drama?". Yo les diré dónde está el drama: un mes después de empezar el Máster me contrataron como becaria en un departamento de mi facultad. Trabajaba los lunes, miércoles y viernes desde las ocho de la mañana hasta casi las dos de la tarde. Y entraba en clase a las cuatro. Se pueden imaginar lo chulis y relajados que eran los días que que tenía que trabajar. Pero trabajar, trabajar. En plan en serio. Pues, claro, dedicaba los fines de semana a hacer toda la tarea que no me daba tiempo a hacer durante la semana. Y a tener un mínimo de vida social, si los trabajos me lo permitían. Evidentemente, tenía cero tiempo para dedicar al blog.

El Máster acabó a principios de mayo. ¿Y qué vino después? Un pequeño monstruo llamado Trabajo Final de Máster. Podría dar detalles sobre mi aterradora experiencia haciendo el TFM, pero creo todo individuo debe haber pasado por un proyecto de esas características para poder entender cuán... terrible pudo llegar a ser.  

Ésta soy yo cada vez que alguien me preguntaba cómo llevaba el TFM.

A todo esto, mientras lloraba con el proyecto, también seguía trabajando. Con lo cual, lloraba el doble. Aunque reconozco que no fue tan terrible, porque mi jefa - que también era mi tutora del trabajo - me ayudó un montón, y me dejó adelantar cositas del proyecto en horas de trabajo. Gracias, Conchy. De no ser por eso, creo que, a día de hoy, aún no me habría crecido el pelo.

Presenté el proyecto y aprobé con más nota de la que esperaba. Estupendo. Fui con mis compañeros del Máster a celebrarlo, y me pillé tal pedal que la resaca al día siguiente fue de libro. Eso no fue tan estupendo. En julio ya estaba libre. Ya podía dedicarme a escribir un poco, ¿no? Error. Porque me fui a Mordor. Para los que no sepan lo que es Mordor más allá de El señor de los anillos, Mordor es la casa que tienen mis padres en las afueras de Las Palmas en la que no hay WiFi, y la red móvil llega... cuando le apetece. Y en su lugar, hay cabras pastando por el barranco. Lo de las cabras es totalmente verídico. Pasar los veranos en Mordor es lo más parecido a estar aislada que he experimentado nunca. Odio Mordor. Con todo mi ser. Y estarán pensando: "Oye, RiRi, ¿por qué no le pides a tu padre que ponga Internet en Mordor?". Mi respuesta es: "Intenta convencerlo tú, majo. Yo llevo más de siete años intentándolo". Mi gozo en un pozo: pretendía pasar un verano tranquilito, rascándome las pelotas, y me lo pasé sin Internet de ningún tipo, y de regalo, con un episodio de lumbago terrible que me hizo, sinceramente, desear la muerte. En serio. Nunca, jamás en la vida, había padecido de la espalda, y una mañana, ¡paf! Mis lumbares decidieron que cualquier postura en la que me colocara me provocaría dolor. 

Un verano cojonudo. Gracias a que se me ocurrió comprarme una PS3 a principios de julio. Si no, no sé cómo habría sobrevivido.

Llegó septiembre, los antiinflamatorios y el cojín de calor me quitaron los dolores, y regresé a Las Palmas. Pero aún no era el momento de tener tiempo para escribir. Because cosplay happened.

Pasé, literalmente, todo septiembre y octubre haciendo el cosplay que llevé durante el V Festival del Manga de Las Palmas de noviembre. No es broma. Cuando no iba a clase de alemán o estaba comiendo, estaba trabajando en el DICHOSO COSPLAY DE LOS COJONES. Me pasé más tiempo en casa de Mr. Pelos que en mi propia casa. Ah, para quien no lo sepa, Mr. Pelos y yo seguimos juntos, y este año hará seis que somos pareja Reconozco que el dichoso cosplay de los cojones nos dio más de un quebradero de cabeza, y más de una vez me dieron ganas de mandarlo todo al carajo. Pero al final mereció la pena, porque el dichoso cosplay de los cojones nos hizo ganar el segundo premio en el concurso de cosplay No lo esperábamos para nada, y para nosotros, después de tanto trabajo y tanto esfuerzo, ¡fue casi como una victoria!

Éste es el dichoso cosplay de los cojones: Cross Marian y María, de D.Gray-Man. Mola, ¿verdad?
MOLA UN HUEVO. Y LO SABES.

Yo, sinceramente, pensé que, una vez se acabara el Festival del Manga, tendría tiempo para mí. ¡Mentira! Mi monitora de aerobic me convenció para participar en el Blume, que es algo así como un festival internacional de gimnasia. Lo cierto es que accedí porque el año pasado no pude participar, y se me quedó esa espinita clavada. Para qué fue aquello. Ensayos lunes, miércoles y viernes por la tarde, y sábados por la mañana. El nivel de cansancio no sólo físico, sino también mental, era tal que llegaba a casa tan hecha polvo que sólo tenía ganas de ducharme, ponerme en pijama y taparme con una mantita a ver episodios repetidos de La que se avecina. Pero mereció la pena. Me lo pasé súper bien el día de la actuación. Hicimos un buen trabajo.

Lo que no fue tan guay fue el regreso del lumbago terrible el día después de actuar. Aunque quizás llamarlo "lumbago terrible" se queda corto. Aquello fue el lumbago del mal. Me tuvo en reposo casi un mes el condenado. Lo bueno es que, gracias a ese nuevo episodio de dolor, descubrí que sufro hiperlordosis lumbar, y que debido a ella voy a sufrir dolores lumbares con frecuencia durante el resto de mi vida. Ya ves tú qué guay.

Y bueno, para cuando el lumbago se me pasó, llegaron las vacaciones de Navidad, y su consecuente traslado a Mordor. Ya conocen Mordor, me voy a ahorrar las malas palabras. 

Entre mis propósitos para el 2015 está el mantener vivo el blog, y postear, al menos, una vez al mes. Y aquí me tienen: ayer volví de Mordor, y aquí estoy, cumpliendo con lo que prometí. Volviendo por la puerta grande. Mi intención es escribir un poco de todo: recetas - que más gente de la que imaginaba me pide consejos a la hora de cocinar. Soy Top Chef, chaval -, posts absurdos de los míos, algún que otro arrebato literario creativo... Y SÍ, EL CHICO PERFECTO TAMBIÉN, SÍ, QUE SÉ QUE LLEVAN TODO ESTE RATO ESPERANDO A QUE LO NOMBRARA. Sí, tengo intención de continuarlo. Es más, jamás me he planteado dejarlo. Aún tengo Ryan para rato. Pero no puedo dar una fecha exacta para el próximo capítulo, porque antes de empezar quiero terminar con dos fanfics que tengo a medias desde hace la de Dios, y prefiero acabar antes con eso, que es relativamente menos trabajoso, y luego ponerme en serio a hacer Ryanadas. ¡Lo bueno se hace esperar! 

Y a todo esto, si alguien está interesado en leer fanfiction escrito por mí, puede echar un vistazo haciendo clic aquí.

Esto es todo por el momento. Estoy segura de que volveremos a leernos muy pronto. Al menos, ésa es la intención.

Bendiciones, y buenas noches 

domingo, 13 de julio de 2014

La actualización que estabas esperando.

SÍ, HE TERMINADO EL MÁSTER.
SÍ, TAMBIÉN HE TERMINADO EL TRABAJO.
SÍ, ESTOY DE VACACIONES.
NO, NO HE ESCRITO NADA DE EL CHICO PERFECTO.
NO, NO ME SIENTO PARA NADA CULPABLE.
HALA, HASTA LUEGO.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Goi


Hay cosas en esta vida que, simplemente, no se superan.

Intentas no pensar en ello, con la ingenua esperanza de que, con el tiempo, lo olvides. Y entonces es como si nunca hubiera pasado.

O sí que te paras a pensar en ello, y aunque las primeras ocho veces lloraste al hacerlo, a la novena ya no te salieron las lágrimas. Y entonces piensas: "He conseguido pasar página".

Pero es frustrante cómo un par de copas pueden echar abajo todo ese esfuerzo, o esa falsa creencia de que eres fuerte, y de que eso ya no te afecta. Sólo cuando tienes un poco de alcohol en tu organismo es cuando realmente te das cuenta de que no lo has superado. Y de que, probablemente, no lo superes nunca. 

Y entonces, tienes que empezar a contar desde cero las veces que, al volver a pensar en ello, lloras. 

sábado, 11 de mayo de 2013

martes, 26 de febrero de 2013

Me voy a ganar el odio colectivo por esto.



Este post va expresamente dirigido a mi pequeña horda de fans de El Chico Perfecto. Que sí, que son poquitos, pero de verdad, me hacen feliz. Me hace muy feliz saber que a la gente le gusta lo que hago. 

Siento mucho decir que es probable que, hasta verano, no suba más capítulos. Y ahora es cuando todos se cagan en mí y en mi madre. Por favor, cáguense en mí, pero a la vieja déjenla tranquila, que la pobre no tiene culpa de nada.

De verdad, a mí me gusta tanto escribir como a ustedes leer. Pero no doy a basto. Estos meses voy a estar a tope con el Trabajo de Fin de Título (que no es como el Trabajo de Fin de Carrera de la Diplomatura. Ojalá tuviera que hacer ese trabajo otra vez. Hasta cuatro trabajos haría. En diferentes idiomas. Y con dibujos), las clases de alemán, el trabajo de becaria, más el seguimiento de las asignaturas de la uni (con sus respectivos trabajos). Sólo tengo tres días libres, y durante esos días hago todo lo que no puedo hacer entre semana. Mi tiempo libre es escaso, por no decir que inexistente. Por eso, entre todas las cosas a las que puedo renunciar, me da mucha pena tener que elegir ésta.

Por eso, quiero disculparme de antemano antes todos ustedes, que no hacen más que acosarme pedirme que continúe. Me encantaría poder hacerles el gusto, pero de verdad. No puedo.

Nos vemos en julio, Jameson.

lunes, 18 de febrero de 2013

Ureshii desu.


- ¿Por qué pareces tan feliz?

- Porque lo soy.

miércoles, 2 de enero de 2013

Crónica de otra Nochevieja deprimente.

Todo el que me conoce sabe que detesto el día de Nochevieja. Lo detesto, lo aborrezco, lo odio. Porque llevo veintiún años haciendo exactamente lo mismo. Lo mismo. Con todos los puntos y las comas. A mí eso de salir por las noches no me entusiasma demasiado, pero creo que ésa es la única noche en que de verdad no me importaría hacerlo. Porque lo necesito. Y mis padres me han dicho que, con la edad que tengo, puedo salir cuando me apetezca. Pero que, en Fin de Año, nada de estar tirada en la calle o de macrofiestas. Eso no me deja demasiado margen de actuación.

Las últimas veintiún Nocheviejas han empezado conmigo y con mi madre (quién, por otras razones, odia el 31 de diciembre aún más que yo, si cabe) de morros desde las cinco de la tarde. A eso de las nueve y pico llegamos a casa de mis abuelos paternos, un pisito macroenano en el que difícilmente caben dos, pues nos metemos seis; y del que siempre sales apestando a comida. La mesa se pone de la misma forma desde veintiún años; nos sentamos en los mismos sitios desde hace veintiún años, y cenamos exactamente lo mismo desde hace veintiún años. El repertorio culinario de mi abuela es reducido, pero tío, de eso a cocinar pescado al horno año tras añ... bueno, el año pasado creo que hizo otra cosa. No salió muy bien, si volvimos a comer pescado al horno este año también. 

Y luego, cuando ya hemos terminado de cenar, llega el séptimo invitado a la cena, que es Manolo Vieira. Este señor no es santo de mi devoción, pero lo que me repatea es que tengamos que guardar silencio sepulcral durante todo el monólogo porque mi abuelo quiere oír todos y cada uno de los chistes del caballero. Que, si por lo menos alguno hiciera gracia, pues bueno, sería algo más llevadero. 

Suenan las campanadas, brindamos, y llega entonces la media hora más larga del año, en la que mi padre se decide a marcharse. Quiero decir, ya hemos partido el año con los abuelos, que es la obligación, ¿a qué cojones estás esperando? Este año decidí hincharme a cava para pasar esa media hora, y también para intentar que lo que me quedaba de noche se me hiciera más ameno.

A eso de la una toca la visita a casa de mi otra abuela, en la que cenan todos mis otros tíos. En cierto modo, estoy segura de que la noche no sería tan amarga si la pasara allí. Pero el panorama cuando llegamos es el mismo: todo el mundo trincado, sonriendo falsamente y haciendo como que todos se llevan genial. Y este año, sinceramente, eso me dolió. Después de todo lo que ha pasado estas Navidades, estar ahí fue peor que meterse desnuda en una habitación hecha de hielo.

Nos quedamos viendo la tele hasta que mi abuela dice: "Señores, lo siento mucho, pero hasta aquí llegué", y se va a dormir. Y una vez ella se marcha, como ya hemos cumplido, nos vamos a casa. Ya han terminado las obligaciones, no tenemos más motivos para seguir fuera.

Eran las 2.40 de la mañana cuando me acosté a dormir. Hay días entre semana que me acuesto más tarde, pero estaba tan cabreada y tan deprimida que no tenía ganas ni de leer, ni de echar una partida a la PlayStation, nada.

Porque lo que me sentó mal no fue la noche en sí. Que también. Fue otra cosa. Este año fue el primero que comí uvas con las campanadas. No me apasionan las uvas, pero este año sentí que debía hacerlo. Dicen que, con cada uva, tienes que pedir un deseo. Yo tenía muy claro qué iba a pedir. Pero, con los nervios de las uvas y de poder pensar clara y rápidamente qué era lo que realmente deseaba para este año, después de pedir que mi abuela mejorara, que en casa de mi novio encuentren trabajo y que él termine los estudios y no se rinda, con la última campanada, sin darme cuenta, sin pensarlo, pedí poder hacer las paces con Andrea.

De verdad, a veces me sorprendo de lo enormemente gilipollas que puedo llegar a ser.

martes, 13 de noviembre de 2012

¿Dónde está mi vida social, que no la encuentro?

Repartida entre la universidad, el gimnasio, mi trabajo como becaria y las prácticas de conducir.
AH, NO. QUE AYER APROBÉ EL PRÁCTICO. YA TENGO CARNET DE CONDUCIR.


No, en serio, siento mucho la falta de actividad en general. Si el día tuviera más horas, podría dedicar un poco de tiempo a esto. Pero como no las tiene, Kalise para todos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Niet, niet, niet.


Alguna vez me gustaría poder hacer lo que me diera la gana en lugar de hacer lo que los demás esperan que haga.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Crónicas de una semana perturbadora en la universidad.

Un momento, un momento. ¿No se supone que Rie ya se había titulado? ¿Qué clase de brujería es ésta?

Correcto. El tema es que mi promoción tuvo la suerte de ser la última dentro del plan de estudios viejo. Ergo, estudié tres años, y hace dos meses obtuve el título de Diplomada en Turismo. Ahora bien, teniendo en cuenta que, si quisiera ser pro y sacarme un máster o un estudio de posgrado, no podría hacerlo, porque soy diplomada, y hay que tener una licenciatura para acceder a ese tipo de estudios. Y las licenciaturas ya no existen. Porque ahora tenemos...

El Plan Bolonia.


Y, como es absurdo pasarme dos años cursando prácticamente las mismas asignaturas con distinto nombre, en mi facultad se les ha ocurrido un invento infernal: el Curso Puente, Itinerario, o Curso de Adaptación al Grado, llámalo como quieras. En resumidas cuentas, un año más con el que podré tener mi título de Graduada en Turismo.

¿Cuál no fue mi primera sorpresa al enterarme de que mi clase no existe? No, no me he equivocado, mi - clase - no - existe. Con el tema de los recortes en Educación (carraspeo) no han permitido al centro contratar a profesores para que den clase a los alumnos de Itinerario de asignaturas de Itinerario. ¿Qué han hecho? Buscar asignaturas parecidas en otras titulaciones y colarnos a los de Itinerario ahí, en plan comandos.

Lo que comúnmente llamamos: una cutrada.

Lo más perturbador del tema no es el hecho de que somos cuatro pelagatos mal contados metidos de gratis en clases de otras carreras. Lo peor es que hay una de ella en la que mis compañeros son verdaderos chiquillajes. Porque no hay otra palabra para describirlos. Niñatos. Fue como volver al instituto, pero con una asignatura súper infernal para la cual ya estoy empezando a rezar.

Lo cual, teniendo en cuenta que ésa es una clase de segundo curso, y yo equivaldría más o menos a cuarto, con una diferencia de dos años, me hace sentir vieja. Muy vieja. Como aquel día en el que mi hermana me preguntó cuál era la capital de Montenegro, y yo le respondí: "Es que cuando yo lo estudié Serbia y Montenegro eran un solo país".

Luego está el Enterado del año. Todos los años tenemos uno. Y el de este curso no se hizo esperar. Veintilargos, con una cara de "soy el fucker" que es imposible de ignorar, con un tono de voz desagradablemente molesto y que aprovecha cualquier oportunidad para recordar a la clase y al profesor que él lleva años trabajando en el sector, que es un profesional de su trabajo, que tiene una amplia experiencia en la vida y que sabe mucho de todo. Y que es mejor que tú, porque tú es un pobre ignorante que acaba de diplomarse y no se ha comido un rosco en su vida.

Sí, majo. Pero tú no sabes acceder al Campus Virtual. 

Y por último está el tema del horario. Como vamos colándonos en otras clases... ¿cómo decirlo? Es como si el encargado de establecer los horarios se hubiese tragado un puñado de garbanzos y luego los hubiera vomitado sobre un calendario vacío. Y donde cayera un garbanzo, habría una clase. Eso explica por qué tengo clase los lunes de 12.30 a 14.00 y de 17.00 a 19.00. Todo es muy lógico.

Y cuando digo garbanzos, puede tratarse de cualquier otra legumbre. Judías, por ejemplo.

Afortunadamente para mí, y por primera vez en veinte años, he sido capaz de relacionarme con gente que no conozco desde la primera clase. Yo, la que es más tímida que una tortuga. Espera, ¿son tímidas las tortugas? Bah, da igual, es la primera comparación que se me ha ocurrido. Yo, tengo mi pequeño grupito formado por niñas encantadoras. Y por tanto, tengo la suerte de que, de aquí a que me saque el carnet de conducir - ay, que me da la risa -, tengo quien me suba y quien me baje del campus.

Voy a tener un año muy surrealista, pero soy feliz.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Sí, esto es una certeza.




De verdad, espero que algún día te des cuenta del error que estás cometiendo.

Hasta entonces... pff, podría decir algo como "espero que seas feliz". Pero lo vas a ser igual, porque parece que te importa un carajo.

lunes, 6 de agosto de 2012

15.



Creo que jamás podré olvidarme de aquel chico.


Era el verano de 2007. Yo todavía era una pava de quince años y estaba pasando unos días en Disneyland Resort París con mi familia. Era la segunda vez en mi vida que pisaba ese parque, y no me avergüenza admitir que me lo pasé mil veces mejor la segunda vez que la primera. Y si fuera una tercera, ya sería la repera.



Me había quedado guardando el sitio en la cola de la montaña rusa de Buscando a Nemo mientras mis padres se llevaron a mi hermana a una especie carrusel inspirado en la película de Cars. Cuando uno de los empleados puso frente a la puerta el cartel de "Tiempo  de espera: 1 hora y 30 minutos", me resigné y me aparté de la fila. Estaba claro que, bajo aquel sol infernal, a ninguno nos iba a apetecer hacer cola durante hora y media. Nunca nos subimos.

Estaba con otros tres amigos, a unos veinte pasos del banco donde pretendía sentarme. Era un par de años mayor que yo, como mucho tendría dieciocho. Con los ojos de adolescente en celo a mis quince años, me pareció uno de los chicos más guapos que había visto nunca. Tenía la piel de ese precioso tono blanco que tienen los extranjeros de los países sin costa; el pelo corto, negrísimo, que resaltaba aún más la blancura de su piel; ojos verdes, grandes y expresivos; y pecas. Madre mía, pecas.

Seguí mi análisis exhaustivo bajando hasta el torso, y entonces vi que una de las mangas de su camiseta negra estaba vacía. Le faltaba un brazo. Amputado por encima del antebrazo. Me dio un vuelco el estómago. Qué lástima, pobrecillo.

Pero qué guapo era el condenado. No podía dejar de mirarle. Sí, aquella época en la que podía distinguir perfectamente los contornos de las cosas sin necesidad de gafas. Ay, qué vieja soy...

No sé cuánto tiempo exactamente lo estuve mirando con cara de idiota. El suficiente para que sus amigos se dieran cuenta y susurraran entre ellos señalándome. Intenté hacerme la longuis mirando hacia otro lado y colocándome el pelo, pero el chico moreno ya había empezado a caminar en mi dirección. Era muy descarado irme de allí, aunque fuera disimulando, así que me quedé allí y recé para que el muchacho no me gritara en un idioma que no me permitiera disculparme.

Para alivio mío, hablaba inglés con un marcado acento americano. Sorprendentemente inteligible. Y no sólo eso. No sólo no me gritó, sino que me habló en voz baja, casi en un susurro.

- Perdona - dijo, encogiéndose de hombros -, ¿tienes algún problema conmigo?

No sé qué me dejó más estupefacta, si la claridad con la que pronunciaba, aun siendo americano, o la pregunta. Empecé la respuesta en español, pero enseguida rectifiqué.

- No. No tengo ningún problema. ¿Por qué?

- Es que no dejas de mirarme.

Creía que me estaba riendo de él. Pero no parecía molesto en absoluto. Más bien parecía avergonzado. Le costaba mirarme la cara, aunque yo sí lo estaba mirando a él.

Pensé: "Estoy en un país extranjero. Aquí no me conoce nadie, y no voy a volver a ver a este chico en mi vida. ¿Por qué no?".

- Creo que eres muy guapo.

Ahora era él el que se quedó estupefacto. Después de digerir mi contestación, musitó, resignado:

- ¿Te has dado cuenta de que me falta un brazo?

- ¿Y qué? Tienes otro, ¿no?

En aquel momento pensé que me lo comía. En menos de tres segundos toda la sangre de su cuerpo le subió a la cara y fijó los ojos en el suelo. Parecía un tomate con patas. Musitó entre dientes algo así como "Vale, perdón", dio media vuelta y volvió a paso ligero con sus amigos, que nos estaban mirando desde lejos. Empezaron a reírse y a darle codazos cuando llegó hasta ellos, colorado como un pimiento morrón. 

Estuvieron un rato señalándome y animándolo a algo, pero él se negó una y otra vez. Evitó mirarme hasta que decidieron marcharse. Entonces yo le dije adiós con la mano, y él, después de comprobar que ninguno de sus amigos lo miraba, se despidió tímidamente con su única mano.

No volví a cruzarme con él durante el resto de mis vacaciones en Disneyland París. Y aunque lo sabía de sobra, no me hubiera importado. 

Cinco años después de aquello, me sigo alegrando de haberle hecho feliz, al menos durante un par de horas.

Creo que, ahora más que nunca, hacen falta personas como yo con quince años.

lunes, 23 de julio de 2012

Reflect.



Sé que no soy la persona más interesante del mundo, y que no hago las cosas que la gente de mi edad suele hacer.

Pero no creo que sea una persona aburrida.

lunes, 16 de julio de 2012

¡Ostias! ¡Pero si yo tenía un blog!

Dios santo, creo que no publico una entrada seria desde hace más de tres meses... bueno, o lo que viniendo de mí se puede calificar de seria.

En fin, criaturitas del Señor, siento mucho haber dejado esto tan abandonado, pero la verdad es que he estado hasta arriba durante estos meses. De hecho, por eso lo dejé fuera de servicio allá por abril, porque me daba palo que alguien se pasara a cotillear y se encontrara la misma entrada durante no sé cuánto tiempo. Bueno, antes del verano tenía una excusa, pero desde que libré... vale, no tengo ninguna. No, mentira, sí que he estado haciendo algo importante. Me he apuntado a la autoescuela. Sí señor. Después de tres años diciendo "En verano me saco el carnet de conducir", ha tenido que llegar el cuarto para que, finalmente, me pusiera manos a la obra. De hecho, me presento a la Teórica la próxima semana.



Pero ése no es el caso.

Si alguien se preguntaba dónde estaba o si me había muerto, me complace comunicarle que no estoy muerta. No van a tener esa suerte. Simplemente estaba de prácticas. Prácticas. Dios mío, sólo repetir esa palabra en alto hace que se me revuelvan las tripas.

Este año era mi último año de carrera, y en el segundo cuatrimestre de Tercero (mi promoción fue la última con el Plan Viejo antes de Bolonia, hyuk) en Turismo tenemos solamente dos asignaturas: el Practicum y el Trabajo Fin de Carrera.

El Practicum no son más que prácticas laborales en un hotel durante los cuatro meses que dura el cuatrimestre ordinario. Qué bien suena eso, ¿eh? Polla.

Primer gran inconveniente de las prácticas: a pesar de tener la oportunidad de elegir el hotel en el que hacer las prácticas (escogí uno en el que pasaría una temporada en cada uno de los departamentos a lo largo del cuatrimestre porque me enteré de modo extraoficial que era el mejor de entre los que teníamos para elegir) estaba en Playa del Inglés. O traducido a un lenguaje universal, en el coño de la Bernarda, en la otra maldita punta de la isla. Y yo no tengo carnet de conducir. Ergo, me pasé cuatro meses, después de tres años acostumbrada a despertarme a una hora más o menos decente (entre las 8.30 y las 9.00 de la mañana) a ser la primera que se levantaba en mi casa para ir a coger la guagua que me llevara hasta el Sur. Un trayecto de cerca de una hora para ir y otra hora para volver, de lunes a viernes, eh, como que no. Durante esos meses descubrí que la revista Cuore y las novelas cortas de Agatha Christie son grandes aliadas en los viajes largos.

De hecho, ésta es la principal razón por la que, al final, decidí sacarme el carnet de conducir este verano.

Segundo gran inconveniente: la comida. Sí, vale, debería dar gracias de que no tenía que llevarme el almuerzo de casa, pero, por el amor de Dios, desde que estaba en el colegio no comía tan ma... bueno, no comparemos una cosa con la otra. El caso es que, entre aquélla carne llena de nervios, el pescado rebozado ausente de pescado y el arroz grasiento, estuve cuatro meses alimentándome a base de ensalada y helado. Y sorprendentemente, gané peso. Probablemente por culpa del helado. Del helado, y de que siempre que podía me escapaba a la cocina a robar repostería de la partida de pastelería. Con el beneplácito del jefe, por supuesto.

Aunque, si dejamos a un lado esos dos detalles, la verdad es que no puedo quejarme. Me trataron como una auténtica reina desde el primer día que pisé ese hotel, y estaría feo decir que no me sirvió de nada, porque aprendí muchísimo. Aunque también es verdad que, en algunas ocasiones, me sentí muy incómoda con la forma en que algunas personas me trataban y deseé no tener que bajar. Sin embargo, todo es cuestión de adaptarse a las circunstancias e ir tanteando el ritmo de trabajo. 

Sin lugar a dudas, donde más aprendí fue en Recepción. No sólo a nivel profesional, también a nivel personal. Yo, con lo introvertida que soy, me daba verdadero pánico estar en el mostrador tratando con los clientes, y más si me hablaban en alemán. Domino bastante bien el inglés, pero tengo falta de práctica con el alemán, y no voy a mentir, cada vez que se acercaba un cliente, en mi interior rezaba para que no me dijera Guten Tag. Y bien, no es que mi alemán sea ahora una maravilla, pero a fuerza de voluntad, ha mejorado bastante. Y también mi capacidad de fingir que no me da vergüenza hablar con desconocidos. Mi mayor logro durante el tiempo que estuve en la recepción fue que el recepcionista que me tenía loca, pero loca como una adolescente en celo, me dijera después de despachar a mi primer grupo de entradas (británicos): "¡Madre mía, eres un monstruo! ¡Tu inglés es impresionante!"


Mario y yo vamos a casarnos, lo sé. Independientemente de lo que pueda pensar su embarazadísima novia.

El caso es que al final de las prácticas en el hotel, a pesar de haber tenido compañeros agradables y compañeros cabrones, de haber pasado ratos buenos y ratos peores, y de haber aprendido más o haber aprendido menos, me sentí como si hubiera pasado a formar parte de esa pequeña familia.

UNA FAMILIA QUE NO IGNORE MI CURRÍCULUM EL DÍA DE MAÑANA, GRACIAS.

Y el Trabajo Fin de Carrera... en fin, quien me siga en Twitter probablemente haya leído numerosos tweets en los que me quejo de él. 

Me equivoqué completamente al elegir la asignatura sobre la que hacer el trabajo. No quería hacer un trabajo fácil: quería currarme un buen trabajo, y quería aprender. Inocente de mí, que escogí Gestión de Alimentos y Bebidas. Inocente de mí, que tenía como tutor de prácticas al Demonio en persona. 

Sí, vale, reconozco que parte de la culpa es mía, porque no empecé con el trabajo hasta abril, y tenía que entregarlo a mediados de junio. Pero la verdad, después de pasarme más de un mes leyendo artículos infumables en inglés, redactando textos utilizando toda mi creatividad de artemaníaca profesional y metiéndome tila por intravenoso, que el tipo no me contestara a ningún e-mail y que, en la primera reunión presencial, a menos de un mes de la fecha de entrega, me suelte: "Está bien, pero le falta trabajo. Además, el enfoque no es el que yo pretendía. La verdad, esperaba mucho más de ti"...


Todos los universitarios tenemos un profesor cabrón a lo largo de nuestras carreras. Éste es el mío.

Al final tuve que tragarme mi orgullo y las ganas que tenía de arrancarle los intestinos y corregir todos los detalles que "no terminaban de gustarle", y luego continuar el trabajo con el enfoque que "él pretendía". Aproveché los primeros días de junio, que ya no tenía prácticas, y me pegué una matada durante seis días seguidos, mañana y tarde, para terminar a tiempo el proyecto. Llegó un momento en el que mi derretido cerebrito no era capaz de generar más ideas, así que las últimas páginas del trabajo ni me paré a revisar lo que había escrito. De hecho, estaba convencida de que iba a entregarle una soberana basura, pero estaba tan cansada y tan harta del maldito trabajo que me daba igual. 

Así que el día que, en teoría, debía entregarle el trabajo terminado para que lo revisara y me diera las últimas indicaciones, subo a la facultad, ¿y qué me encuentro? El tipo no estaba en su despacho. ¿Saben lo que es un guerrero Saiyan? Pues eso. Me cogí un empute tal que le metí el trabajo en el casillero (más bien lo arrojé) y me dije: "¡A TOMAR POR CULO, ASÍ SE QUEDA! ¡ME VOY A TOMAR UNA CERVEZA!". 

Y así lo dejé. Y me puntuó el trabajo con un 9. Probablemente porque se equivocara corrigiendo. O porque no leyó la última parte del trabajo. 

Y bueno, después de eso, salvo el hecho de que, desde la semana pasada, no he salido más que para ir a la autoescuela y al gimnasio, la verdad es que no he hecho nada especialmente productivo este verano. Bueno, hace dos semanas me fui a un apartamento al Sur con mis cuatro hijos, digo, amigos (tos carraspeante). Tengo una lista larguísima de cosas que quiero hacer y de las cuales he hecho, pues... cuatro. Entre ellas, terminar la primera temporada de Juego de Tronos, leerme Los Juegos del Hambre y avanzar en el The Legend of Zelda: Skyward Sword con Carlota, por ejemplo. De hecho, mañana hemos quedado para viciarnos a muerte. 

¿Qué tengo ahora en mente? Pues leer mucho, ir a la playa para (intentar) ponerme morena, o algo que se le parezca; jugar al FFVII con Mr. Pelos y ver pelis. Muchas pelis. Oh, y escribir más capítulos de El chico perfecto, que ahora que tengo tiempo, no he avanzado nada. Lo siento. Por favor, piedad.

¡Oh! Y la semana que viene, además de presentarme al examen de conducir, tendré la ceremonia y la fiesta de graduación. Pienso beber mojitos hasta que no recuerde mi propio nombre. Bueno, tanto como eso no, pero casi. Afortunadamente, sé dónde tengo mis límites. Que creo que no son superiores al tercer mojito. O al segundo, si me apuras. Dios, doy pena.  

Y hasta aquí mis excusas. Simplemente quería hacérselo saber a todo aquél que tuviera dudas de mi paradero, o que al menos siga sintiendo un poco de interés por este panda de metro y medio. Prometo intentar mantener esto vivo.

Un beso muy fuerte desde Mordor.

lunes, 16 de abril de 2012

OUT OF ORDER.

Este blog quedará inactivo durante las próximas semanas debido a circunstancias ajenas a la dirección, tales como las prácticas, el trabajo fin de carrera, el trabajo como becaria, y la falta de tiempo y de sociabilización en general.

Disculpen las molestias.

lunes, 9 de abril de 2012

Revelaciones.


Después de mucho tiempo, me he dado cuenta de que no estoy sola.
Nunca lo he estado.

¡Gracias por leer hasta el final! ♥