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miércoles, 18 de julio de 2012

Retrato.



A pesar de su corta estatura, se dijo, la muchacha era bonita. Aun con aquellas sandalias de esparto, apenas alcanzaba el metro sesenta. Pero era una de esas chicas que tenían ese magnetismo que no sabes expresar con palabras.

Piel blanca, suave y tersa, siempre sonrosada en los pómulos y en la nariz. Siempre agradable al tacto.

Ojos del color del chocolate negro, con forma de almendra, coronados por filas de pestañas larguísimas. Cuando pestañeaba, sus párpados parecían las alas de las mariposas cuando volaban. 

Pelo castaño y fino que caía sobre los hombros en ondas suaves, y de vez en cuando, en algún tirabuzón. En verano, tendía a aclararse por la exposición al sol y la sal del mar.

Dientes blancos y perfectamente alineados, fruto de la ortodoncia adolescente, rodeados de unos labios delgados y suaves. Su boca era hipnótica, pensó. Producía en él un extraño efecto de sentir cómo todo pasaba a cámara lenta, excepto el movimiento de sus labios cuando hablaba. Muchas veces se olvidaba de escuchar lo que le contaba.

Tenía un cuerpo agradable a la vista, de curvas delicadas. Hombros finos, pecho poco exuberante, pero firme; cintura suave, caderas redondeadas, y piernas torneadas, como dos columnas griegas, sin rastro de estrías o de piel de naranja. Muslos tersos y gemelos fuertes, pero femeninos. Verla subida a unos tacones altos era un espectáculo.

Y por último, sus manos. Dedos largos y delgados de pianista, aunque en su vida había tocado ningún instrumento musical. Sus uñas, siempre cuidadas, llevaban en aquel momento un esmalte de color azul turquesa.

Cuando le vio acercarse de lejos, ella se colgó los auriculares del cuello y esbozó una enorme sonrisa, como si alguien hubiese pulsado un botón en su espalda que la hiciera sonreír de forma instantánea. Fue hacia él a paso acelerado, casi dando saltitos. Se situó frente a él y se puso de puntillas, pues ni siquiera las sandalias de tacón corrido eran suficientes para ponerla a su nivel. 

Y le besó, con esos labios suaves y delicados. Fue un beso modesto, pero largo. Uno de tantos. Él le colocó una mano en la nuca, y le rodeó la cintura con el brazo libre. Se separó de ella, y con una sonrisa tierna, la saludó:

- ¿Cómo estás, mi pizquito?

sábado, 10 de marzo de 2012

"... copiosa y sinceramente..."



Advertencia. Muchos me lo han preguntado: esto es un one-shot que hice por el cumpleaños de Adso, no es la continuación lineal de El chico perfecto. ¿O es que no se han dado cuenta de que no hay ninguna coherencia entre el capítulo anterior y este extracto? El yaoi oficial tendrá que esperar.

- Dime, si pudieras tener superpoderes, ¿qué desearías tener?

La pregunta de Ryan fue tan aleatoria y repentina que me sacó de mi estado de abstracción absoluta. Pausé la partida de Metal Gear Solid y me giré para mirarlo. Hasta hacía unos segundos estaba tumbado en la cama sobre un costado, apoyado sobre el codo, leyendo un libro enorme. El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Con ésta, ya eran tres veces las que se lo había leído. Ahora estaba sentado al borde de la cama, con la barbilla apoyada en las manos, jugueteando con el piercing.

- ¿Qué has dicho?

- Si fueras un superhéroe, ¿a quién elegirías?

Todavía estaba intentando digerir la pregunta, así que contesté lo primero que se me vino a la cabeza, encogiéndome de hombros.

- Ni idea. Batman, supongo.

Ryan me echó una mirada furtiva, como si le hubiese jurado que Kurt Cobain era el vocalista de Bee Gees.

- Batman no tiene superpoderes – escupió.

- ¡Oh, perdona, gran sabio maestro de Marvel! – levanté las manos y puse los ojos en blanco.

- Y Batman es de DC, no de Marvel, ignorante – me habló despacio, como si fuera idiota.

Le dediqué un insulto precioso y le lancé lo primero que agarré, una botella de refresco vacía. Mi habitual falta de puntería hizo que la cogiera en plena trayectoria, y la botella impactó en mi cabeza en su recorrido de vuelta. Ryan se echó a reír con el sonido hueco del plástico contra mi cráneo.

- No, ahora en serio, ¿qué poder te gustaría tener?

- Pues no lo sé… cuando era pequeño siempre quise ser como Superman.

- ¿Para llevar los calzoncillos por fuera de los pantalones? – lanzó un grito de fingida estupefacción.

Ignoré su comentario.

- Supongo que debe de ser guay poder volar y verlo todo tan pequeño e insignificante bajo tus pies.

Ryan asintió lentamente,  y su expresión se relajó. Parecía estar pensando en algo.

- ¿Y tú? – pregunté, incómodo por su silencio -. ¿Qué te gustaría poder hacer?

Ryan sonrió tímidamente y se llevó las manos detrás de la cabeza.

- Te parecerá una tontería, pero me gustaría tener algún poder que nadie más tuviera – me incliné hacia delante, prestándole toda mi atención. Durante una décima de segundo, Ryan pareció sentirse algo abrumado por mi interés -. Me gustaría tener el don de ayudar a las personas. Ya sabes, poder curar la ceguera, la diabetes, o el cáncer.

Ésa era una de las cosas más tiernas que había escuchado de los labios de Ryan.

- Vaya. Lo de ser médico es una vocación, ¿eh? – le dediqué una sonrisa.

- Siempre he creído que todas las personas vienen al mundo por un motivo, y yo siento que he venido a éste para ayudar a las personas. Por eso quiero ser médico.

- ¿Incluso… a las malas personas?

Ryan me miró a los ojos, sorprendido por mi pregunta. Yo mismo me sorprendí también. No sé por qué la hice, aquello no era más que una reflexión para mis adentros. Pensé en Kate y en todos esos individuos a los que Ryan no merecía ayudar.

Pestañeó un par de veces, razonando su respuesta, y entonces contestó despacio, parándose a pensar en cada una de las palabras que quería pronunciar:

- Todas las personas, sean buenas o malas, deberían ser salvadas. Si alguien se está muriendo, se merece tener una última oportunidad. Además – se apartó el flequillo de la frente, resoplando. Me di cuenta, con la cara despejada, de que estaba ligeramente ruborizado. Qué mono -, me gustaría creer que, si en algún momento de mi vida, ayudo a un asesino, a un violador, o a un maltratador, éste podría replantearse su vida. Quiero decir, que a lo mejor podría darle qué pensar.

No me refería a esa clase de malas personas, pero el caso es que la forma de pensar de Ryan con respecto a lo que quería ser – lo que queríamos ser los dos –, aunque demasiado optimista, era muy dulce y altruista. A pesar de que muchas veces se las daba de tío duro, irónico e inaguantable.

Me dio muchísima envidia. Ésa era la actitud que yo quería para mí, y que me era imposible tener.

- Seguro que piensas que es una chorrada – susurró, regañándose a sí mismo.

- Todo lo contrario – escupí las palabras sin pararme a pensarlas antes. Me abracé las rodillas y apoyé la barbilla en ellas -. Me parece algo admirable.

Ladeó la cabeza sin comprender, como un pájaro.

- Si te soy sincero, siempre he tenido celos de esa parte de ti. Tienes la virtud de dar a los demás sin esperar nada a cambio. Yo, sin embargo – me rasqué la mejilla, como siempre hacía cuando me sentía avergonzado – soy incapaz de pensar en alguien si no es pensando en mí antes.

Ryan abrió los ojos como un búho.

- ¿Pero qué estás diciendo, TJ? Yo no creo que seas un egoísta, tal y como tú lo pintas.

- Pues lo soy – pensé en cuando me vine a Reed River, y me sentí mal conmigo mismo, por haber dejado allí tantas cosas y a tantas personas sin pararme a pensar en si alguien me echaría de menos. Me molestó tener que admitirlo en alto -. Quizás tú no te des cuenta, pero pienso así.

Permanecimos en silencio unos segundos, y entonces Ryan se echó a reír. No entendí dónde estaba la gracia.

- Es curioso – dijo, y dio un golpecito sobre la colcha, indicándome que me sentara a su lado. Me levanté del suelo y le acompañé -. Yo también te tengo un poco de envidia por eso.

Mi cara era de un escepticismo total.  ¿Envidia de qué? ¿De pensar en tu ombligo antes que en otras personas?

- Eso no tiene ningún sentido.

- Tú piensas que pensar en los demás antes que en ti mismo es una virtud – alegó, clavándome la mirada -. Pero yo creo que puede llegar a ser un defecto. A veces me gustaría aprender a ser un poco más egoísta.

- ¿En serio? – seguía sin entender a dónde quería llegar -. Pues por tu actitud, y no te ofendas, no lo parece.

- ¿Te refieres a por qué me comporto con un capullo integral? – me leyó el pensamiento -. En un país como Estados Unidos, guardar las apariencias es vital si quieres sobrevivir.

- Pues eso no es justo – le coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja, y él sonrió tímidamente.

- Y a mí tampoco me gusta, pero nadie ha dicho que fuera justo.
Ryan suspiró sonoramente, se estiró como un gato y apoyó la cabeza sobre mi hombro, haciéndose un hueco entre mi mandíbula y mi cuello. El aroma mentolado de su champú me golpeó la nariz. Sin que se diera cuenta, aspiré profundamente el olor fresco de su pelo, rubio y suave, llenándome los pulmones de frescor herbáceo.
- De verdad, Ryan, de lo bueno que eres, a veces eres tonto – le acaricié el vello de la nuca con los dedos.

- ¿Eso es un cumplido o un insulto? – sus hombros se relajaron, y noté que la piel se le erizaba bajo mis dedos.

- Te estoy comparando con un gran danés. Tómatelo como quieras.

Por unos momentos nos olvidamos del resto del universo y permanecimos sentados juntos sobre la cama, disfrutando del silencio y de la tranquilidad. Estuve haciéndole cosquillas en el pelo durante un buen rato. Aunque no podía verle la cara, sabía que le estaba gustando: tenía todos los músculos relajados, y cada vez notaba más peso sobre el hombro en el que estaba apoyado.

Hizo algo que no me esperaba. Giró la cabeza, y noté sus labios tiernos y suaves sobre mi cuello. Sentí frío allí donde su piercing rozó mi piel, y me estremecí con el contacto. Me besó suavemente una, dos, y tres veces. Respiré hondo, totalmente complacido y disfrutando del cosquilleo de sus labios.

Entonces, como si lo estuviera viendo de frente, sentí cómo su boca se torcía en una media sonrisa, esa clase de sonrisas que ponen los niños malos cuando iban a hacer una trastada. El tacto helado del acero del piercing se movió con su boca, y, sin venir a cuento, resiguió la línea desde mi hombro hasta la parte baja de mi mandíbula con la punta de la lengua, y me mordisqueó el lóbulo con los labios.

Se me pusieron los pelos de punta. Todos y cada uno de ellos. El calor me subió a los pómulos, y no precisamente porque hiciera calor.

Ryan se inclinó sobre mí, y yo tuve el impulso involuntario de retirarme un poco hacia atrás. Sus ojos, azules y cristalinos, estaban fijos en los míos. Tenía las pupilas dilatadas.

- ¿Qué pasa? – se mordió el labio -. ¿Te pongo nervioso?

- No… - respondí, titubeante. Mentira. Claro que me ponía nervioso, pero no iba a admitirlo.

Se inclinó un poco más sobre mí, extendiendo los brazos, colocando las manos sobre la cama. Me tenía prácticamente atrapado entre sus brazos. Estaba muy, muy cerca. Su aliento caliente rozó mis labios.

- Si quieres que te deje tranquilo, no tienes más que admitirlo – susurró.

Escaneé a Ryan de arriba abajo. Su pelo dorado, sus ojos, azules como el mar; su tez pálida, su sonrisa burlona, sus hombros fuertes, los músculos de su torso, marcados bajo su camiseta verde… me estaba poniendo malo.

- A lo mejor – me atreví a decir. Mi voz tembló como la de una adolescente en celo, y me sentí estúpido -, si no lo he admitido es porque no quiero que me dejes tranquilo.

Se echó ligeramente hacia atrás, contemplándome con los ojos abiertos como platos. La frase que acababa de soltar no era propia de mí, debía de estar pensando. Yo también lo pensaba, pero la verdad es que me salió sola. Me lo había puesto en bandeja, además.

Ryan cerró los ojos, satisfecho por lo que había oído, y su boca se torció en una sonrisa perversa. Y se abalanzó sobre mí.

Algo estalló dentro de nosotros, como un fogón de gas al encenderse. Me besó, hambriento y desesperado, rozando con insistencia el piercing contra mis labios. Por un momento pensé que me los iba a arrancar. Me dejé caer sobra la almohada, con Ryan echando todo su peso sobre mi cuerpo. Mis manos buscaron su espalda bajo la ropa, y mis dedos recorriendo una a una las vértebras de su columna. Luego descendieron hasta sus nalgas, prietas y redondeadas, bajo la tela de los vaqueros.  Apreté con fuerza. Ryan dio un respingo, dejando escapar un gemido suave de satisfacción. Me gimió en la boca y me mordió el labio inferior. Una parte de mi cerebro se quejó por el dolor, pero a la otra le había gustado. Y mucho.
Sí que me ponía nervioso. Muy nervioso.

Ryan se incorporó para quitarse la camiseta. Al hacerlo se despeinó, y sacudió la cabeza para que los mechones rebeldes volvieran a su sitio. Parecía un cachorrito de labrador recién bañado.  Le observé allá arriba, con el pecho desnudo. Su piel era blanca y suave, los vasos sanguíneos se dejaban ver sin dificultad, como pequeñas enredaderas, en los brazos y bajo las clavículas. Sus músculos, definidos y torneados, ocupaban su lugar en una composición armoniosa en su cuerpo, como un cuadro: las líneas duras de sus pectorales, los huecos de sus abdominales, la redondez y la turgencia de sus bíceps… Ryan no era un tipo excesivamente fuerte ni demasiado musculoso. Todo lo contrario, era delgado, casi menudo, pero el lacrosse había esculpido en su torso y sus brazos formas y líneas que yo, personalmente, encontraba hipnóticas.
Y más allá de eso, me fijé en los pequeños detalles del pecho de Ryan que hacían que me volviera frenético cuando se quitaba la camiseta. Por un lado, el lunar que tenía bajo la clavícula derecha. No era nada especial, solamente era una peca corriente, pero era la única que tenía en el pecho. Era el típico lunar que se podría describir como… ¿sexy?

Y por otro, el tatuaje. El código de barras que llevaba impreso en el costado izquierdo. Era la marca de identidad de Ryan, era su marca. Busca a otra persona que tenga esta numeración, me había dicho la primera vez que le pregunté por él. No encontrarás a nadie más.

Desde luego  que no.

No me había percatado de que me había quedando mirándolo y babeando. Volví en mí, y él me observaba, con una media sonrisa:

- ¿Disfrutando de las vistas?

Hice como que no le escuché, y yo también me incorporé. Mi boca aterrizó sobre sus labios, y mi lengua se enredó con la suya.  Recorrí con los dedos todas las líneas de su pecho desnudo, sintiendo cómo el vello se le erizaba allá por donde mis manos trazaban formas imaginarias.

De repente sentí presión en los muslos. Me di cuenta de que Ryan estaba sentado a horcajadas sobre mí, y yo estaba perfectamente encajado bajo sus caderas. Estaba apretando con las piernas. Tenía los muslos condenadamente fuertes, al igual que los gemelos. Los efectos de ser uno de los delanteros del equipo, supuse. El que más corre, más fuertes tiene las piernas.

Me sujetó la barbilla con la mano y me apartó la cara, y ambos aprovechamos para coger un poco de aire. A veces se me olvidaba que tenía que respirar cuando le besaba. Intenté girar la cabeza hacia él de nuevo, pero Ryan volvió a ladearme la cara, y sus dientes se hundieron en mi cuello. Ahogué un grito que no supe identificar si era de excitación o de dolor. La lengua de Ryan dibujaba figuras asimétricas en mi piel,  y a mí se me estaba haciendo muy difícil permanecer callado. Su madre estaba en el piso inferior, viendo la televisión, y no me apetecía que me oyera gemir mientras su hijo, no me besaba el cuello, me lo devoraba. Me mordí el labio con fuerza y cerré los puños, arrugando las sábanas. Noté como la boca de Ryan empezaba a succionar, y sentí enseguida cómo la sangre empezaba a acumularse bajo mi piel, allá donde sus labios bailaban en mi cuello. Me iba a ser imposible esconder el moratón, pensé.

Ryan metió las manos bajo mi camisa y hábilmente me la sacó por los brazos. Me echó sobre la cama, y él se postró sobre mí, mirándome a los ojos, encendido y relamiéndose. Inclinó la cabeza sobre mí, y recorrió con la punta de la lengua mi pecho desnudo, como si pintara sobre un lienzo. Cerré los ojos, apreté los labios y respiré hondo. De verdad, me estaba costando horrores aguantar en silencio, y él tampoco me lo ponía fácil. Escuché o al menos me pareció escuchar, un débil sonido de tela rasgándose. Al final acabé rompiendo la sábana.

Entonces, su boca alcanzó uno de mis pezones, y me mordisqueó con los labios. Esta vez ya no pude reprimirme, y gemí su nombre. Le gustó, vaya que si le gustó escucharlo. Se le erizó el vello de la espalda y se irguió, como un gato que está a punto de lanzarse contra su presa. Me recorrió el torso con la lengua y los dedos, pellizcándome y mordiéndome los pezones, provocándome. Y lo estaba consiguiendo: me estaba poniendo enfermo.

Hundí los dedos sobre su espalda, y un quejido escapó de entre sus labios. Se incorporó un poco sobre mí y me clavó la mirada.

- Vamos, TJ, dilo otra vez.

Y una de sus manos se deslizó con rapidez bajo mis pantalones y mi ropa interior, agarrándome con fuerza. Jadeé su nombre, gritando. Estaba empezando a respirar con dificultad.

- ¡Ryan…!

 Se mordió el labio, más que satisfecho, riéndose para sí mismo. Se inclinó sobre mí, muy cerca de la boca, y susurró:

- Buen chico.
Y me dio un lengüetazo desde la barbilla hasta la nariz. Volví a gemir. La madre de Ryan debía de estar horrorizada.

Entonces, hizo algo insólito. Se levantó, quedándose de rodillas sobre el colchón, y se escurrió hacia los pies de la cama, como una serpiente, apoyando los pies en el suelo. Había conocido a muchas personas que hacían cosas absurdas, pero guays, como tocarse la nariz con la lengua o lamerse el codo. Pero nunca había conocido a nadie que fuera capaz de abrir unos vaqueros con la boca. Nunca, y menos de esa forma, como si lo hubiera hecho mil veces, sacando el botón con los dientes y bajando la cremallera con los labios, con un ágil movimiento de cuello. Todo eso mientras te miraba fijamente a los ojos, diciéndote con la mirada: “Ahora te vas a enterar”. Terminó de quitarme los pantalones con las manos, y allí me quedé yo, tumbado boca arriba sobre la cama, sintiéndome desnudo. La verdad es que llevaba unos calzoncillos azules bastante feos, pero ¿quién me iba a decir que iba a acabar así? En teoría, había ido a casa de Ryan a jugar al Metal Gear Solid.

Ryan se quedó de pie frente a la cama, observando con detenimiento algo. Frunció los labios un momento, y empezó a toquetearse el piercing con la lengua.

- ¿Sabes? – dijo, total y extrañamente sereno -. Creo que no te lo he dicho nunca, TJ. Pero tienes un cuerpo muy bonito.

Venga ya. Venga ya, Ryan, no puedes estar haciéndome esto.

- ¿A qué coño viene eso ahora? – me quejé.

- ¿No puedo decirte algo agradable cuando me apetezca?

- Joder, Ryan, y yo te lo agradezco – me senté sobre las sábanas -. ¿Pero tiene que ser precisamente ahora?

- ¿Qué problema hay? – levantó las cejas, sabiendo qué iba a responderle.

- ¡Porque estoy muy cachondo y no puedes cortarme el rollo de esta forma!

Según terminé la frase, me sentí ridículo. Ryan se carcajeó y me cogió de las manos.

- Ven – y me asió. Me levantó de la cama, y me llevó justo delante del armario. Abrió la puerta, y me vi reflejado en un espejo enterizo -. ¿Ves? Tienes un cuerpo bonito.

Le hice caso y me miré en el espejo. Mi vista se fue directamente a mi erección, y la aparté enseguida, avergonzado. Salvo por ese detalle, no entendía qué veía Ryan de bonito en mi cuerpo. Era delgaducho, apenas tenía musculatura y no tenía culo. No hacía deporte, y seamos francos, no seguía una dieta estricta. ¿Qué veía en mí que le parecía tan estupendo?

- No sé qué le ves, pero gracias… - musité, poniendo los ojos en blanco.

- Yo tampoco realmente – dijo, y antes de que pudiera darle un rodillazo, añadió -. Pero me pones a mil.
Me empujó contra la pared que había junto al armario, y se arrodilló. Al hacerlo, se llevó consigo mi ropa interior, dejándome completamente desnudo.

Oh, Dios, mío. No puedo creer que vaya a hacer lo que creo que va a hacer.

Me miró a los ojos, con esa sonrisa suya que me enloquecía, y se relamió. Me agarró con firmeza y se lo llevó a la boca. Gemí, jadeé, grité, e incluso golpeé la pared con los puños varias veces. Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás. Aquello era una de las cosas más alucinantes que había experimentado en mi vida. Andrea nunca hizo algo así conmigo: decía que el sexo oral era sucio.

Qué sucio soy, Andrea. Qué sucio.

Ryan estaba haciendo de todo conmigo allá abajo. Sentí su boca, cálida y húmeda, envolverme por completo, rozándome por todos lados con la lengua y los carrillos. Sus manos apretaban mis nalgas y me movían las caderas hacia delante y hacia detrás, acompasando rítmicamente el balanceo con el movimiento de su cuello. Le acaricié el pelo con los dedos mientras, mirándole a los ojos, encendidos de placer, repetía su nombre una y otra vez entre jadeos.

Le encantaba que le llamara. No sé por qué, pero le excitaba muchísimo. Ronroneó, y me apretó la erección con los labios. Volví a gemir su nombre; él bufó, y con un rápido movimiento de cuello, de forma inexplicable, sus labios tocaron mi pubis, y luego su boca abandonó mi entrepierna. Fue demasiado rápido como para que pudiera comprender cómo lo había hecho. Yo sólo sé que, en ese momento, me quedé sin aliento y sin palabras, y le clavé las uñas en los hombros.

Se levantó. Tenía las mejillas muy encendidas y le sudaba la frente. El flequillo se le pegaba a la piel húmeda. Con la respiración agitada, se llevó la mano al bolsillo del pantalón, y con dificultad consiguió sacar un preservativo. Un pensamiento absurdo me vino a la mente en aquel momento: si habíamos quedado para jugar, ¿por qué llevaba una goma en el bolsillo? ¿Acaso pretendía…?

Argh, da igual.

Se desabrochó los pantalones, se quitó los boxers, y en apenas tres segundos, se había colocado el condón y me había cogido por los hombros, dándome la vuelta de cara a la pared. Tres segundos bastaron para que me diera cuenta de que la razón por la que había quitado los pantalones era que había algo entre sus piernas que le estaba apretando. Algo grande.

Me sujetó las caderas y se hundió en mí. No tuve más remedio que arañar la pared. Lo hizo despacio, muy suavemente, pero igualmente noté bastante molestia. No es que el pene de Ryan fuera una anaconda, ni muchísimo menos, pero tampoco era en absoluto pequeño. Mientras lo hacía, sus dedos me apretaron las caderas, y le oí jadear una vez, un jadeo que se prolongó hasta que estuvo completamente dentro de mí.
Se produjo un silencio que no definiría como incómodo, pero que se me hizo eterno. Estaba esperando el siguiente movimiento de Ryan, pero él parecía estar pensándoselo mucho. O eso, o se estaba ahogando, porque le oía respirar hondo. Muy bajito, pero lo hacía. Estaba muy cachondo, de eso no había duda.
Al final se decidió – aunque, la verdad, no creo que aquélla fuera una decisión muy complicada – se retiró lentamente, y volvió a introducirse dentro de mí. Lo hizo despacio, dándome tiempo para acostumbrarme a la presión. Solté otro quejido: aún estaba un poco molesto. Le oí bufar. Estaba empezando a perder los nervios.
Me clavó los dedos en las caderas y repitió el movimiento varias veces, empujando suavemente. Con cada uno de ellos, Ryan jadeó, cada vez más fuerte. Tenía la respiración agitada, y me estaba echando el aliento en la nuca. El dolor fue remitiendo poco a poco, y entonces tuve un espasmo, uno de esos espasmos que sólo te dan en esas situaciones.

Ryan lo notó enseguida, y fue como una señal. Me dio una sonora palmada en el trasero, resopló, y algo en él hizo “clic”, porque pasó de forma inmediata de ser suave a volverse frenético.
Me embistió con ganas una infinidad de veces, y los dos gemimos con cada una de ellas. Gemimos, jadeamos, gimoteamos, gritamos… no sé realmente qué hacíamos. Tampoco, en esos momentos, mi mente estaba demasiado lúcida como para ser crítica y observadora.

Echó el cuerpo hacia delante y apoyó las manos contra la pared, junto a las mías. Su pecho, ardiente y sudoroso, rozaba mi espalda. Acercó la boca a mi oreja, y escuché muy de cerca la respiración entrecortada y encendida de Ryan. Eso me puso aún más cachondo. Lo tenía tan cerca, que sólo yo podía oírle. Sólo yo podía oír cómo se regocijaba teniéndome totalmente sumiso.

Él y yo, solos en aquella habitación caldeada, volviéndonos locos, perdiendo la cordura y la decencia.

Me envolvió la erección con la mano y empezó a masturbarme. Me pilló totalmente por sorpresa, y no pude evitarlo: grité, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás. Ryan se echó a reír, y me tapó la boca con la mano libre. Le prometí que estaría callado, o que al menos lo intentaría.

Con una coordinación grandiosa, me trabajó por ambos frentes. Me embestía con fuerza, empujándome contra la pared con cada golpe, y me frotaba sin demasiada delicadeza. Aquello era todo un remolino de emociones que sería incapaz de enumerar. Ryan me estaba haciendo daño allá atrás, bastante daño. Me estaba empujando demasiado fuerte, y no se daba cuenta. Estaba demasiado concentrado en sus cosas. Pero, a pesar de todo, no quería que aquello acabara. Esa sensación de que tienes a una persona dándolo todo para hacerte disfrutar; tanto, que empiezan a entumecérsete los dedos de arañar la pared, que aunque quieres callarte para que nadie sepa lo que estás haciendo, te es prácticamente imposible, que empiezas a lagrimear de puro gusto, y que comienzas a tener dificultades para aguantar sin correrte.

Porque estaba a punto de hacerlo, y yo deseaba que aquello durara más.

- Ryan, me voy a… - ronroneé, cerrando los puños.

El movimiento en mi entrepierna cesó de repente, y sentí que Ryan se erguía y se ponía muy tenso. Parpadeé un par de veces, sin comprender, esperando a que continuara, pero no se movió. Le agarré la mano que todavía sujetaba mi más que prominente erección.

- Ryan, ¿qué haces? No pares.

- Calla un momento – escupió, muy serio.

Deslizó las manos bajo mis axilas y me incorporó, pegándome la espalda contra su pecho, empapado en sudor. Se movía muy rápidamente hacia arriba y hacia abajo con su respiración, aceleradísima. Alcé la vista y le miré la cara: estaba conteniendo la respiración, y tenía la vista y la mente fijas en algún lugar en el espacio vacío del techo de su habitación.

Si era una broma, no tenía ninguna gracia.

- ¿Se puede saber qué dem…?

- ¡TJ, cállate, coño!

Me tapó la boca con la mano y volvió a guardar silencio.

Entonces, lo oí. Detrás de la pared en la que nos encontrábamos, unos tacones. Estaban muy cerca. Uno, dos, tres, cuatro pasos. La puerta sonó dos veces, e inmediatamente, se abrió.

- ¿Ryan?

Estábamos justo detrás de la puerta. Contuvimos la respiración, sin mover un músculo, sin pestañear, aún encajados por todas partes. El pecho de Ryan subía y bajaba muy deprisa, y a pesar de que no se oía, me estaba echando el aliento caliente de su respiración en el pelo. Afortunadamente, la madre de Ryan sólo había entreabierto la puerta un par de centímetros, los justos para asomarse un poco y transmitir el mensaje sin gritar.

Ryan tragó saliva, cerró los ojos y respiró hondo un par de veces. Trató de sonar convincente y tranquilo.

- ¿Qué? – dijo, en voz baja.

Recé para que su madre no asomara la cabeza del todo para hablar con él y nos viera así.

- Necesito que ordenes y limpies el garaje – respondió su madre con voz dulce al otro lado de la puerta.
Giré la cabeza hacia Ryan con cara de pasmo e indignación, todo junto. Él cerró los puños e hizo una mueca de asco.

- ¿Tiene que ser ahora, mamá? – se quejó.

- Ahora, o dentro de un minuto. ¿Te vale? – respondió con sorna, con ese tono que emplean los padres cuando no quieren dejarte discutir nada.

Apoyé la cabeza contra la pared y cerré los ojos. Esto no me podía estar pasando.
- Vale, dame un minuto – bufó.

- Gracias, cielo. TJ, puedes echarle una mano si quieres, que sé que te mueres de ganas – silbó.

- Vale – contesté, sin moverme.

De verdad, la madre de Ryan era un encanto, pero tenía el don de la oportunidad en el agujero del culo.

La puerta se cerró, y los tacones dejaron de oírse una vez bajaron la escalera.

- ¡Tío, menuda mierda! – gritó Ryan, dándome una palmada en el trasero.

- ¿Crees que hay tiempo para uno rapidito? – supliqué.

- Qué va – gruñó. Se separó de mí y se quitó el preservativo, lanzándolo a la papelera del escritorio -. Me ha cortado tanto el rollo que se me ha ido el calentón.

- En serio – me senté a los pies de la cama, retirándome el sudor de la frente con el dorso de la mano -. Cuando me vaya, le dices a tu madre que se vaya al carajo.

Buscó su ropa interior en el suelo y se la puso. Tenía las mejillas encendidas y el pelo pegado a la frente y la nuca. Le brillaba el pecho. Pero sus ojos no brillaban en absoluto, como de costumbre. Tenía el entrecejo fruncido y los labios apretados.

Intenté quitarle hierro al asunto, aunque sé que era una tontería. A mí también me daba una rabia terrible.

- Va, no te enfades. No creo que lo haya hecho a propósito – dije.

- No me enfado, pero me toca los huevos, tío – ladró, cerrándose el broche de los pantalones. Agarró su camiseta verde del suelo y se secó el sudor de la frente y el cuello con ella -. Seguro que nos oyó y vino a tocar la moral.

La boca se me desencajó de la mandíbula.

- ¿Tú crees que nos oyera…? – murmuré, muerto de vergüenza.

Se acercó a mí y me dio un beso en el cuello. Luego, me dedicó una sonrisa socarrona.

- Con los gritos que estabas dando, no me extrañaría.

- ¡Claro! ¡Porque tú tampoco gritabas! – me ruboricé y me enfadé. Esa clase de chistes me ponían muy de mala leche. No me gustaba admitir que, efectivamente, Ryan me hacía gritar.

Ryan se echó a reír y sacó una camisa de cuadros de un cajón.

- Que sepas – dijo, mientras metía los brazos – que no pienso quedarme a medias. No lo soporto.
Se mordió el labio, y el metal del piercing titiló.

- Cuando quieras, Martin – contesté, y no pude evitar dibujar media sonrisa mientras me recreaba en ello.
Ryan arrugó la camiseta verde y abrió la puerta mientras yo empezaba a vestirme. Y entonces, sin girarse para mirarme, recitó:

- “Pero entonces era joven, y no pensé en la muerte, sino que, copiosa y sinceramente, lloré por mi pecado".

- El nombre de la rosa, ¿verdad? – asintió -. ¿Y de verdad lo piensas?

Por el tono en que me respondió supe que estaba sonriendo. No con una sonrisa cualquiera, sino con aquélla sonrisa que me volvía loco.

- Para nada.

lunes, 12 de septiembre de 2011

El placer de las cosas sencillas.

Como todas las noches, a eso de las ocho y media, pusieron en marcha su ritual. Ella se metió primero en el cuarto de baño. Se dio una larga ducha de agua caliente y se puso el pijama, un coqueto combinado de camisilla y pantaloncitos morados. Cuando salió, se cruzó con él en el pasillo. Le besó fugazmente los labios y le dijo que iba a preparar la cena. Él sonrió, la siguió con la mirada hasta que desapareció en la cocina y fue a ducharse.

Con un par de huevos, una lata de champiñones, un poco de jamón y un pellizco de tomillo, en pocos minutos, preparó un sabroso revuelto. El olor de los champiñones calientes inundó la cocina y se deslizó por el pasillo. Cuando él salió del baño, con sus gastados pantalones a rayas, el aroma golpeó su nariz. Inspiró profundamente y se pasó la lengua por los labios. Mientras caminaba hacia la cocina, pensó en que tenía mucha suerte: pocas personas cocinaban tan bien como ella.

Cenaron juntos en la cocina, sin prisas, mientras se contaban algunas anécdotas del día. Ella le confesó que no pudo evitar reírse cuando una madre le explicaba en el hospital las dolencias de su hija, a la que llamó Pocahontas. Él, por su parte, le contó que uno de sus alumnos de Primaria le había preguntado qué era masturbarse. La curiosidad de ese niño hizo que ella casi se atragantara. Pasaron un rato muy agradable. Disfrutaron con la simpleza de sentarse juntos a la mesa.

Él se ofreció a fregar los platos, y ella preparó la televisión de la sala para ver una película que había alquilado. Era una comedia romántica. Él se sentó en el sofá, y ella se acurrucó junto a él, hundiendo su cabeza en el hueco de la clavícula. Él, por su parte, le rodeó el hombro y apoyó la mejilla sobre la coronilla de ella. La apretó fuerte contra él, y ella sonrió. Sintió la calidez de la piel desnuda de su pecho contra su rostro. Le gustaba tenerlo cerca, para ella sola.

La película era francamente mala. Penosa, como él la había descrito. Era el típico intento de comedia americana de bajo presupuesto. Se rieron a carcajadas, no de los chistes del guión, sino de los actores y del propio argumento. Las risas de uno hacían reír al otro, y eso les hacía felices. Mientras hacían el esfuerzo de prestar atención a la televisión, él jugaba con algunos mechones de su larga cabellera rubia. Le encantaba su pelo: era suave, fino, y olía siempre a frutas. A pesar de que siempre le habían gustado las chicas morenas, no podía negar que ésa era una de las cosas que más le gustaban de ella.

Al final, se rindieron. Apagaron la televisión de pura vergüenza ajena y se fueron a dormir. Se acostaron, después de lavarse los dientes. Ella fue la primera en meterse en la cama, tapándose con las mantas hasta la oreja. Él se acostó a su lado, y como todas las noches, le besó la frente, le dijo que la quería y le dio las buenas noches, y ella hizo lo mismo.

Pasó una hora, y ella aún daba vueltas en la cama. No conseguía quedarse dormida, a pesar de que permanecía con los ojos cerrados pensando en cosas agradables. Pensaba en él, en lo mucho que le gustaban sus ojos verdes; en sus dientes, blancos y alineados; en esa mata de pelo castaño, siempre despeinado. Para ella, él era lo más hermoso que podría haber deseado nunca.  

Abrió los ojos, empezando a desesperarse. Rodó media vuelta sobre el colchón, esperando verle la cara. Pero él estaba de espaldas. Suspiró, y se acercó a él, pero sin llegar a tocarlo, para no despertarlo. Pero estaba despierto.

- ¿Qué te pasa? - preguntó.

- No puedo dormir - contestó ella, avergonzada,

Él se dio la vuelta al instante, y la rodeó con los brazos. Antes de que pudiera decir nada, empezó a acariciarle la cabeza con los dedos. Le susurró suavemente al oído que no pasaba nada, y que intentara pensar en cosas bonitas, como una puesta de sol en la playa o una montaña nevada. Ella no dijo nada, y se limitó a hacerle caso. Se imaginó a ella misma sentada en la playa, escuchando el ruido del mar, mientras él dibujaba círculos sobre su pelo. En cuestión de minutos, el sueño la venció.

No supo decir cuánto tiempo estuvo durmiendo hasta que volvió a despertarse sin razón aparente. Aún aturdida, le buscó con la mirada. Le encontró a su lado, mirándola con el gesto más dulce que jamás le había visto.

- ¿Qué haces?

- Estoy esperando a que te quedes dormida. Si no consigues coger el sueño, estaré aquí contigo.

Se sintió la mujer más afortunada del mundo. Le abrazó con mucha fuerza, y aunque eso sólo consiguió desvelarla del todo, no le importó tener que trasnochar junto a la persona que más quería en el mundo.

martes, 21 de junio de 2011

Fuera de control - Desde el otro lado.

Con éste, ya son treinte y siete los tiroteos que me han pillado a mí en medio y sin tener nada que ver. Y más concretamente, con éste son veintiuno los que tienen lugar en el interior del Yellowflag, al menos desde que estoy en Roananpur. Pobre Bao. Me extraña que, a pesar de que cada cuatro o cinco días le revientan el bar, sigue empeñándose en reformarlo. Más de una vez ha tenido que pagar los gastos de reparación después de un siniestro total, y eso cuesta una pasta.

Y lo que más me extraña es que, a pesar de eso, siga dejándonos entrar a beber al bar. Porque también es cierto que la mayor parte de las trifulcas las empezamos nosotros. Bueno, cuando digo nosotros, me refiero a ella.

Revy.

Ahí está otra vez, detrás del mostrador, liándose a tiros con los que pueden ser... ¿doce tipos? Desde aquí cuento doce. Doce chicanos del cártel de Tijuana. Ignoro qué hacen aquí mexicanos que no pertenecen a la familia de Gustavo, pero el caso es que esta vez ha sido un asunto de despecho. El que parece un alto cargo, un tal Rodríguez, se acercó a Revy cuando estábamos en la barra y le propuso una cita. Bueno, una cita exactamente no... le propuso sexo. Ella le mandó a freír espárragos, y en fin, no sé cómo, pero han acabado todos disparándose entre ellos.

Personalmente me sorprende que tantos tíos le propongan esas cosas a Revy. Hablando claro, Revy no es que rezume feminidad y delicadeza por los poros... ella tiene su propia belleza, supongo. Lo más divertido del asunto es que Revy siempre rechaza amablemente los planes que le ofrecen. Y cuando digo amablemente me refiero a que les dice que no y les amenaza un poco, sin llegar a apuntarle a la cara con la pistola.

Esta vez no ha sido tan amable y la que parecía una noche tranquila ha acabado en tiros, gritos y sangre por todas partes: ellos por su lado, y los que no tenemos nada que ver, escondidos detrás de la barra. Hace algún tiempo, yo habría estado en este mismo lugar muerto de miedo, hecho un ovillo y rezándole a Buda para que no me alcanzara ninguna bala. Ahora, bueno, digamos que mi mayor preocupación es que se me está acabando la copa de Bacardi. He pasado tanto tiempo con Revy y la compañía Lagoon que creo que ya me he acostumbrado a esta clase de situaciones, a pesar de que en mi vida he sostenido un arma. Ya no temo por mi vida, porque sé que ella va a protegerme si fuera necesario.

Lo que realmente temo ahora es por su vida. No hay duda de que Revy sabe cuidarse muy bien ella sola. Sin embargo, ¿qué pasaría si alguna vez no pudiera con su adversario? Eso es algo poco probable, pero si ella tuviera problemas, nadie podría ayudarla, mucho menos yo. ¿Qué pasaría si ella estuviera a punto de perder la vida, no sólo porque sí, sino porque intenta protegerme a mí? Sinceramente, no sabría qué hacer. Seguramente Dutch se encargaría de dar caza al pobre diablo que lo hiciera. ¿Y yo? ¿Qué podría hacer yo, salvo sentarme y llorar?

Ahora me doy cuenta de que, si comparo todo lo que Revy, a pesar de ser como es, ha hecho por mí, yo por ella no he hecho gran cosa. Ella me ofreció una nueva vida después de que el cabrón de mi jefe me obligara a desaparecer; ella siempre se la ha jugado para protegerme, hasta el punto de ir a buscarme al campamento de una guerrilla; ella se enfrentó cara a cara con Ginji en Tokio, por ella y por mí también; ella me ha enseñado a sobrevivir en una ciudad en la que, si parpadeas, acabas con un tiro en la cabeza.

¿Y qué he hecho yo por ella? Nada.

Oh, bueno, algo que sí he hecho es darle problemas, sacarla de sus casillas y, en fin, nunca me puse aquella camiseta hawaiiana tan hortera que me regaló.

Me pregunto cómo demonios no me ha matado ella misma, conociéndola como la conozco. Hubiera sido cualquier otro, y según subí al lanzatorpedos de Dutch cuando me secuestraron aquel día, me habría volado la tapa de los sesos.

Quizás la respuesta esté precisamente en eso: en que soy yo. Puede que me haga ilusiones, porque Revy es de esa clase de personas que ni quiere ni necesita amigos, ¿pero puede ser que me haya cogido algo de... algo así como afecto, y por eso sigue a mi lado a pesar de todo?

Yo, desde luego, sí que se lo he cogido, muy a mi pesar. Al prinipio sentía lástima por ella, porque me daba mucha pena que una persona como ella acabara de esa manera. ¿Qué clase de cosas tendrían que haberle sucedido para que terminara siendo alguien que no tiene escrúpulos ni siente compasión por nadie que no sea ella misma? Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que la vi disparar un arma. Fue aquí mismo, en el Yellowflag. Las luces habían reventado, y entre la más absoluta oscuridad, la veía sonreir de forma diabólica.

Pero, a medida que me he esforzado por conocerla algo mejor, porque no es que ella se haya dejado, he descubierto que no es una mala persona al fin y al cabo. Revy tiene sus cosas, pero en el fondo no deja de ser una chica con problemas que necesita un hombro sobre el que llorar de vez en cuando. Bueno, no literalmente, claro.

Y creo que al final encontró ese hombro en mí. O al menos eso parece. Ella una vez me llamó colega, y recuerdo que sonrió ligeramente al decirlo. Jamás podría olvidarlo. Yo también la considero una colega. Confío en ella de la misma manera en que ella confía en mí. Ella es mi único respaldo aquí, de la misma manera en que yo soy su único respaldo. Ella es la primera persona con la que hablé directamente sobre mis sentimientos y mis principios, y aunque no los compartamos, ella también me confía los suyos.

Sinceramente, sin Revy, yo no sé cómo carajo habría sobrevivido en Roananpur durante tanto tiempo. Se lo debo todo.


Un momento. ¿Qué pasa? No se oyen disparos. De hecho, no se oye nada. Esto es muy raro. De repente se me han acabado las ganas de seguir bebiendo. Tengo una ganas locas de echar una ojeada por encima de la barra, pero sé que no debo hacerlo si quiero seguir conservando el cráneo de una sola pieza.

- Rock, no te muevas.

Es Revy. Se ha deslizado, no sé cómo ni cuando, detrás del mostrador. Estaba cambiando los cargadores de las Berettas muy, muy despacio, para que las balas no golpeen el metal y no hagan ruido.

- ¿Qué ha pasado?

- ¿Estás ciego o qué? ¿No ves que me he quedado sin balas? Cuando quieres eres corto, tío.

Ahora mismo me encantaría reírme, pero como probablemente me mataría de una forma lenta y dolorosa, voy a hacer como que no la he escuchado.

- Me refiero a por qué no disparan.

- ¿Y yo qué coño sé? ¿Te crees que soy una puta pitonisa? Sólo quédate quietecito y no digas ni una sola palabra.

- De acuerdo, de acuerdo.

En estos casos, lo mejor es resignarse y hacerle caso, porque si le llevas la contraria, Revy puede regalarte una buena ostia. Y no es la primera vez que yo me llevo una.

Revy se ha agazapado y creo que va a saltar por encima de la barra. Se está relamiendo. Vaya, parece que lo está disfrutando.

- Ten cuidado.

- No te preocupes, colega. Dame cinco minutos y podremos seguir bebiendo.

No sé por qué, pero la manera en que ha dicho eso no me ha gustado nada. Tengo un mal presentimiento.

Ha saltado. Un grito. Dos gritos. Una ráfaga de balas de metralleta. Un disparo. Dos disparos. Tres disparos. Cuatro disparos. Cinco disparos. Seis disparos.Todos ellos de Beretta. Cinco cuerpos muertos cayendo sobre el suelo, uno detrás de otro. 

Y de repente, otra vez silencio.

Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno... 

Bang.

Ese disparo no ha sido de Beretta. El cadáver ya ha golpeado el suelo, y no se oyen más disparos. Tengo un presentimiento horrible.

- ¡Dios mío! ¿Qué coño ha pasado? ¡Esos mamomes se han cargado a Dos Manos!

Que te jodan, Bao. No quería oírlo.

De repente, las manos me han empezado a temblar, y el vaso ha caído al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Mi respiración es irregular. Mi corazón se ha desbordado. Creo que voy a vomitar.

Tengo que mantener la calma. Tengo que mantener la calma y respirar hondo para pensar de forma razonada y lógica. Tiene que haber una manera de...

¿Para qué engañarnos? No hay ninguna manera de nada. Dentro de más o menos un minutos, voy gritar y a llorar, y voy a volverme loco.

Mientras tanto, creo que me fumaré un pitillo.

viernes, 17 de junio de 2011

Fuera de control.

Yo jamás había perdido el control durante un tiroteo. Esto me ha hecho pensar en cómo debe de sentirse la gente normal cuando se encuentran de frente con un tiroteo y no pueden hacer absolutamente nada contra una puta pistola.

El tiempo pasaba realmente despacio mientras me sumía en una especie de sueño. Los minutos se me hacían como horas y las imágenes pasaban delante de mis ojos como diapositivas. No tenían sonido. Sabía que ahí había gente disparando, haciendo mucho ruido. Sí, tío, el orgásmico ruido de los disparos. Tiros insensibles, gritos de dolor, cristales reventándose, casquillos cayendo sobre el suelo. Debería haber sido una escenita perfecta para todos esos bastardos que son como yo.

Pero no oía nada. Absolutamente nada. Era como si alguien hubiera absorbido el sonido. Lo único que era capaz de escuchar con claridad era mi corazón latiendo como una estampida de búfalos dentro de mi cabeza. Mi corazón palpitando y mis jadeos. Jadeos. Nunca había jadeando de miedo antes. Eso era nuevo. Joder.

El interior del Yellowflag se había vuelto desconocido para mí. Nada me era familiar. Las bombillas se habían fundido. Los cristales estaban destrozados. La gente se escondía bajo las mesas. Aunque normalmente era yo la que solía reducir a ruinas el bar, esta vez era diferente. Ése no era mi Yellowflag. Esta vez no.

Quizás lo sentía así porque tenía una bajada de tensión bestial. Estaba mareada y a punto de desmayarme. Los ojos se me cerraban solos. Todo mi cuerpo sudaba. Me costaba respirar.

Y aquí estoy yo, la gran Dos Manos, escondida de detrás esta mierda de barra, esperando de forma ridícula a que esta puta sensación pasara. No podía mover ni un músculo. Sudor y jadeos: eso es todo lo que soy capaz de hacer en este momento. ¿Por qué coño estoy tan aterrorizada? Soy Miss Rebecca. Yo no tengo miedo. Nunca. Todo el mundo lo sabe. Entonces, joder, ¿por qué? ¿Por qué estoy aquí a punto de morirme de puro terror? ¿Acaso me he vuelto una gallina artrósica?

Ni siquiera puedo mantener las pistolas en las manos. ¿Qué cojones pasa? ¿Qué coño está pasando para que yo me ponga a temblar de esta manera? Es un jodido tiroteo. Ni que fuera la primera vez que formo parte de uno. ¿Qué está pasando?

Lo sé. Sé lo que pasa. Está detrás de mí. Detrás de la barra. Ahí está el motivo. El puto motivo.

Pero no quiero verlo. De ninguna manera. Otra vez no.

- ¡Revy! ¿¡Qué cojones estás haciendo aquí!? ¡Vete a echar una mano, zorra de los huevos!

Tío, Bao me está gritando... otra vez. Creo que Bao me odia. Bueno, si yo fuera él, me odiaría. Siempre le jodo el bar y nunca le he pagado las reformas. Me pregunto por qué aún no me ha partido el cráneo.

- ¡Por el amor de Dios, Revy, mueve el puto culo, maldita sea!

- No me grites, Bao. Te estoy escuchando.

¿Ésa es mi voz? Dios. Me tiembla la voz como si tuviera un consolad... joder, tío, estoy delirando.

- ¡Pues si me estás escuchando encárgate de tus amigos, Revy, o te sacaré los ojos con una cuchara!

Si ahora mismo no estuviera como estoy, te aseguro que sería yo la que te sacaría los ojos, gilipollas. Pero yo no usaría la cuchara. Pero es que me siento tan mal que me la sopla todo. Si me muriera ahora, sería simplemente genial.


¿Qué? El sonido está volviendo. Oigo los disparos. Oigo el ruido. Oigo el tiroteo. Me cago en la puta, es asquerosamente delicioso. Empezaba a echarlo de menos.

Lo sabía. Aquello no podía durarme para siempre.

Y puedo oír perfectamente los pasos de un pobre imbécil que se acerca en esta dirección. Escucho claramente el tintineo de las balas dentro de su arma. No, tío. No me vas a coger.

Tres. Dos. Uno...

Bang.

¡Sí, baby, directo entre las cejas! Tío, Miss Rebecca ha vuelto. Realmente nunca se había ido. Y ahora, vamos a por “mis amigos”. No pienso aguantar a esos cabrones que se han dedicado a jugar mientras estaba detrás de la barra. Vamos a enseñarles por qué me llaman Dos Manos.


Dios. Dios, joder, no. Otra vez no. Mierda. Maldita sea, joder. Debería haberme quedado detrás de la puta barra. El mareo está volviendo. Mis piernas están empezando a temblar otra vez. Se me han cerrado los pulmones y me quema la garganta. No puedo respirar.

Me he desplomado sobre el suelo. Sí, yo. Las piernas no pueden aguantarme. Me pesa la cabeza. El aire es turbio e insoportable. Estoy agotada. No puedo mover ni un músculo. Estoy totalmente paralizada. Me siento tan...

... rota. Estoy completamente rota por dentro. Él sigue ahí, tirado sobre el suelo. No puedo verle la cara, pero sé que todavía está sangrando. Los pistoleros están disparando a su alrededor, pero les importa una mierda. Nadie le ve. Está solo, en medio del campo de batalla.

Y está muerto. Le dije que no se moviera, pero lo hizo. Ese idiota se alejó de la barra y ahora está muerto. Intentó escapar y un hijo de puta le disparó. Y está muerto.

Rock está muerto.

Le he matado. Yo he matado a Rock. Esos mamones han venido a por mí. Yo soy la razón por la que en este momento hay un tiroteo. Si no hubiera gente disparando, Rock estaría vivo. Pero están disparando a quemarropa, y Rock está muerto. Está muerto. Para siempre.

Quiero llorar. Quiero gritar. Estoy desesperada. Rock está muerto. No sé qué hacer. Estoy en blanco. Es la primera vez que me siento culpable por la muerte de alguien. He matado a tanta gente que ya he perdido la cuenta. A mí me la pela la gente. Desde siempre. Disfruto matando. Disparar mientras me piden clemencia, eso me excita.

Entonces, ¿por qué me siento así? Quiero arrancarme la piel. Quiero morder algo hasta partirme los dientes. ¿Cuál es la diferencia?

Lo sé perfectamente, pero no quiero admitir que es Rock. La diferencia es Rock. El gilipollas de Rock. Es Rock el que se está muriendo ahí. Es mi Rock.

Porque es mi Rock. Se ha convertido en mi Rock. Él me lo dijo: “Si tú eres un fusil, yo soy la bala”. Una bala es lo más importante en un arma. Yo soy el fusil, y él es mi bala. Él es una de las pocas personas en las que confío. Y no mentiría si dijera que es la única persona en la que verdaderamente confío.

Me hizo sentir útil. Me hizo ver que soy una persona más allá de ser una máquina de matar. “Cuando me ofreciste unirme a vosotros, tuve la sensación de que me liberaba, de que me libraba de un peso”. Eso me dijo una vez. Yo, la puta escoria de la sociedad, hizo eso. Hice algo por una buena persona.

Nadie puede negar que Rock es un buen tipo. Sé que él sería mi aceite si yo fuera agua. Casi le disparo una vez porque al principio no le soportaba. De verdad que quise matarle. Pero es una buena persona. Él es el tipo de tío que a mí me habría gustado ser si hubiese tenido la oportunidad. Nunca ha empuñado una pistola. Nunca ha matado a nadie, ni siquiera a una mosca. Siempre está sonriendo. Siempre está de buen humor.

Y está muerto. Rock está muerto. Y no hay ninguna manera de hacer que regrese.

¿Qué coño puedo hacer ahora?

Lo único que se me ocurre en estos momento es meterme por el culo mis principios. Esperar a ver si me matan, y si al final tengo suerte, esperar a ver si despierto de esta jodida pesadilla.

Mientras tanto, creo que me fumaré un pitillo.

lunes, 9 de mayo de 2011

Dos minutos, diecinueve segundos.

Todo estaba oscuro y no se oía un alma, salvo la respiración entrecortada y jadeante de Rebeca, que corría con todas sus fuerzas entre la negrura. No estaba yendo a ninguna parte. Avanzaba, dejaba metros y metros tras de sí, pero lo único que alcanzaban a ver sus grandes ojos verdes era un enorme espacio negro en la más profunda mudez. Tenía el corazón desbocado, la boca seca y los pulmones doloridos, pero tenía claro que, pasase lo que pasase, no podía dejar de correr.

Entonces, un grito desgarrador rompió el silencio de la inmensa oscuridad. Una voz femenina, muy familiar, la llamaba a gritos pidiendo ayuda. Rebeca sintió cómo el corazón se le paraba de golpe mientras una gota de sudor frío le recorría la nuca de arriba a abajo. Inspiró profundamente y trató de aumentar la velocidad a pesar de que tenía los tobillos hinchados y se dirigió ese lugar desde el que la mujer le pedía auxilio entre sollozos y gritos.

Y allí la encontró. Las tinieblas se disiparon y vio como, ante ella, se alzaba la misma vista de la ciudad que había desde el balcón del salón de casa. Las ventanas de los pequeños edificios centelleaban y el rumor del tráfico y la actividad nocturna llenaban el ambiente en donde antes sólo había silencio. Era la misma vista, la misma estampa que aquella noche en que encontró a su madre agarrada a la barandilla del balcón.

No era simplemente la misma vista. Era la misma escena. A sus pies se alzaba una balaustrada metálica, y colgando de ella, su madre, Elizabeth Stewart, con el rostro y los hombros cubiertos de sangre, aún vestida con un finísimo camisón blanco. Pendía entre el cielo y el asfalto de la carretera, luchando por incorporarse y trepar hasta el balcón.

- ¡Rebeca, ayúdame! – suplicó Elizabeth.

Rebeca agarró a su madre por las muñecas y tiró de ella hacia arriba. Estaba agotada por la carrera entre las tinieblas. Apenas podía respirar y se le iban las fuerzas con cada resoplido. Sus articulaciones temblaban. Todo estaba muy borroso. Sus esfuerzos no iban a ser suficientes para subir a la mujer hasta el saliente. Rebeca rompió a llorar al darse cuenta de que era inútil.

- ¡Hija, no llores! ¡Puedes hacerlo! – le animó su madre.

- ¡Mamá, no puedo!

- ¡Sí que puedes! ¡Revy, ayúdame, por favor! – Elizabeth Stewart rompió a llorar también, presa del pánico.

Rebeca tiró y tiró de su madre hasta que empezaron a crujir brazos y espalda, pero era imposible que ella pudiera incorporarla hasta el balcón. Sabía que su madre, tarde o temprano, caería al vacío, porque sus manos sudorosas no eran capaces de levantarla y empezaban a escurrirse entre las muñecas de su madre. Rebeca se deshizo en lágrimas.

- ¡Mamá!

- ¡Revy, aguanta! ¡No me sueltes, Revy! – la mujer clavó con fuerza las uñas.

Rebeca aulló, y el espamo hizo que soltara las manos de su madre. Elizabeth Stewart chilló cuando notó la falta de presión sobre sus manos y sintió el viento colarse entre los mechones de su larga melena pelirroja. Rebeca, a pesar de los arañazos, se inclinó sobre la barandilla y deslizó  los brazos entre los barrotes para intentar agarrarla…


Entonces apareció, sentado de cuclillas sobre la verja del balcón, a su lado, manteniendo un equilibrio perfecto. El rostro del miedo: pelo alborotado, ojos rojos, dientes blancos y tez pálida. La persona con la que Rebeca soñaba cada noche desde hacía doce años. El hombre del frac.

El caballero del traje azul sostenía a la madre de Rebeca por una de las muñecas sin ninguna dificultad. Mantenía la mirada clavada en la muchacha, demasiado exhausta para razonar. Aterrorizada, Rebeca le suplicó:

- ¡Por favor! ¡Ayuda a mi madre!

La madre de Rebeca pataleó en el aire y chilló con todas sus fuerzas.

- ¡Rebeca! ¡Aléjate de ese hombre!

El extraño ladeó la cabeza lentamente y sonrió, mostrando sus perfectos y brillantes dientes que brillaron como perlas a las luces de los edificios. Fue entonces cuando el cerebro de la confundida Rebeca empezó a funcionar. Colmillos.

- ¡Eres un vampiro! ¡Por favor, ayúdala! ¡Se va a caer!

Elizabeth Stewart gritó de nuevo.

- ¡Revy, no!

El vampiro del frac azul alzó la mano que sujetaba a la mujer sin el menor esfuerzo hasta que ambos rostros quedaron a la misma altura y susurró:

- ¿Quieres que la ayude, niña?

- ¡Maldita sea, sí, joder! ¡Ayúdala! ¡Por favor! – Rebeca se puso echa una fiera. No era momento de vacilar.

- ¡Rebeca! – su madre lanzó un chillido desde lo más hondo de los pulmones, pero el vampiro no pareció inmutarse - ¡Éste hombre es el que intentó tirarme por el balcón! ¡Viene a por nosotros!

Rebeca dejó de respirar por un instante y sus pupilas se dilataron.

- Pero eso… eso es imposible… los vampiros no pueden…

El vampiro sonrió de nuevo y apretó los dedos contra la muñeca de Elizabeth.

- Ya. Pero yo no soy un tío legal – musitó.

Los dedos del hombre del frac se despegaron uno a uno hasta que soltaron por completo la mano de Elizabeth Stewart y la dejaron caer al vacío. Rebeca gritó alzando los brazos tratando inútilmente de sujetar a su madre.


Sudando y con el corazón a punto de sufrir un paro cardíaco, Rebeca se incorporó sobre la cama a la vez que repetía el gritaba. Respirando entrecortadamente por la boca, miró a ambos lados de la cama y comprobó que seguía entre las paredes su habitación. Secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, bufó sonoramente y se dejó caer sobre la almohada. Giró perezosamente la cabeza y clavó la mirada en uno de los posters que colgaban de la pared oeste.

- No me mires así, Chad – se quejó ante la abierta sonrisa del cantante del poster de Nickelback.

Había vuelto a soñar con lo mismo una noche más, y con ésta era la octava noche seguida que tenía ese sueño. Rebeca llevaba teniendo pesadillas con el vampiro del frac casi todas las noches desde que tenía cinco años, pero aquélla era la primera vez que tenía el mismo sueño durante una semana. No sólo cuando se iba a la cama. Incluso cuando se quedaba dormida en el sofá después de comer o se le cerraban los ojos en la clase de Literatura del señor Jameson soñaba con ese hombre y su madre pendiendo del balcón.

Porque el sueño era exactamente el mismo una noche tras otra. La habitación negra, el grito de su madre, el balcón y el vampiro, siempre en el mismo orden y en las mismas circunstancias. Nada cambiaba. Dos minutos y diecinueve segundos. De las veinticuatro horas que tiene el día, esos dos minutos y diecinueve segundos eran minutos de pánico.

Porque, a pesar de llevar soñado lo mismo durante una semana, a Rebeca se le seguían poniendo los pelos de punta. Era imposible acostumbrarse a los ojos de aquel demente o a los gritos de su pobre madre, a la que veía morir todas las noches.

¡Gracias por leer hasta el final! ♥